Santander, novia del mar

Santander, novia del mar

Palacio de la Magdalena, Santander. Foto: Ayuntamiento de Santander

 

 Una escapada de fin de semana puede ser un aperitivo que despierte el interés por conocer más a fondo Santander y su provincia, Cantabria. Y la mejor opción para llegar desde el centro de la península es sin duda el tren Alvia de Renfe: rápido (4 horas y media desde Madrid) y económico (desde 14,95 si se compra con suficiente antelación). Ciudades como Valladolid o Palencia también se encuentran en el recorrido.  Y en Alicante o Albacete también podemos subirnos a uno de los tres trenes diarios que llegan a la capital cántabra.

Salados besos marinos recibe continuamente Santander. Y, aunque suene cursi, es su novio eterno, el mar, quien no deja de dárselos. Inclinado a sus pies, desde una de las bahías más hermosas de la península… El bolero que hace años entonaba Jorge Sepúlveda, sigue reflejando el embeleso que despierta esta ciudad, una de las más elegantes del norte de España, a la que el Cantábrico imprime carácter y  proyecta la auténtica imagen de una capital recoleta, de apenas 180.000 habitantes, en la que el visitante se puede dejar mecer en los brazos del sosiego. Sus dimensiones y su configuración lo favorecen, una configuración moderna, consecuencia de dos pavorosos y devastadores incendios que casi arrasaron la ciudad en los albores del siglo XX y de cuyas cenizas surgió la moderna Santander.

Esta circunstancia y sobre todo la geografía del lugar han ido diseñando la ciudad a lo largo de los años: mar y playas enmarcadas en un fantástico puerto natural que abarca desde el antiguo barrio pesquero y el muelle de Puerto Chico, hasta el Faro de Cabo Mayor. Entre ambos puntos se despliega una línea continua de playas que tienen mucho que ver con la fama de Santander, una fama que se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, cuando las  estaciones balnearias estaban de moda entre las clases acomodadas europeas. Los “baños de ola” que se practicaban en la bahía sirvieron de acicate a los hosteleros del lugar para promover una serie de iniciativas que le dieron mayor proyección.

El puerto chico

El puerto chico. Foto: Ayuntamiento de Santander

La línea de costa que perfila Santander marca los lugares de interés para el visitante y propicia el paseo. El de Pereda es uno de los más representativos y sus terrazas, de ambiente familiar, lugar de encuentro para propios y extraños. Si seguimos paseando llegaremos a los Jardines de Piquío, ya en la zona de El Sardinero. Desde su mirador, situado bajo una pérgola, hay unas vistas increíbles de toda la bahía. A la derecha, se puede ver  el Casino y, al fondo, la Islade Mouro y la península de la Magdalena donde a principios del siglo XX los santanderinos, por suscripción popular, levantaron un palacio para que fuera residencia del rey Alfonso XIII durante sus regios veraneos lo que, al tiempo, contribuiría a promocionar la ciudad.

 En la actualidad, el palacio se ha convertido en uno de los emblemas de Santander y, desde que es sede de la universidad Internacional Menéndez Pelayo, referencia cultural  en el mundo.Es imprescindible una visita al Gran Casino, situado en la Plaza de Italia. Su terraza exterior es todo un lujo y permite tener unas privilegiadas vistas de El Sardinero. Quizá esta sea una buena excusa para tomarnos un vermú y unas rabas, una de las delicias gastronómicas de la zona.

 Merece la pena dar una vuelta hasta la Plaza Velarde, más conocida como la Plaza Porticada, a la espalda del Casino y una de las más animadas de la ciudad. En ella se encuentran los edificios más importantes y acoge restos romanos y de la muralla del siglo XIII, que Santander también tuvo un pasado remoto. A unos cien metros, se encuentran la plaza del Ayuntamiento, con su famosa farola de las Cuatro Estaciones y la catedral gótica de Nuestra Señora de la Asunción, curiosa por ser el resultado de la unión de dos iglesias adosadas. 

Recuperando la vista del mar, nos podemos desplazar hasta uno de los símbolos de la ciudad: el faro de Cabo Mayor, situado al norte de las playas del Sardinero. Este faro fue el primero de los construidos por el gobierno de Isabel II, en 1839, al desarrollar el primer Plan de Alumbrado Marítimo. La edificación es una impresionante torre cilíndrica de30 metros con revestimiento de piedra. Entre las anécdotas que se cuentan del faro, una curiosa: fue el primero de la península en emplear petróleo, en 1877. En su interior se encuentra el Centro de Arte Faro de Cabo Mayor, que reúne una colección de obras de arte y de objetos relacionados con el mar. La panorámica desde el cabo es un espectáculo que en ocasiones resulta sobrecogedor y contemplar los acantilados y la fuerza del Cantábrico desde el faro,  una experiencia que el visitante no se puede perder. Merece una visita, así como Palacio de Festivales, obra de Saenz de Oiza, uno de los edificios más modernos y también polémico de una ciudad clásica que no entiende que semejante alarde arquitectónico se haya construido sin ventanas para que hasta su interior pueda llegar la luz que proyecta la bahía. 

Y nos quedan las playas. La de El Camello, situada en el lado izquierdo del Palacio de la Magdalena. Marca el inicio de la primera de las dos playas de El Sardinero. Es pequeña pero bonita y, fuera de temporada, ideal para ir a relajarse y observar la roca con forma de camello que se ve cuando la marea está baja (y que da nombre a la playa). Esta es una playa que suele gustar especialmente a los más pequeños, ya que el agua rompe con fuerza en la orilla y suele haber buenas olas para jugar aunque, si se prefiere jugar en la arena, hay una zona reservada para las palas que, en esta playa, es casi un deporte oficial. 

Playa del Camello. Foto: Ayuntamiento de Santander.

 

Las dos de El Sardinero, ubicadas en el núcleo urbano de la ciudad de Santander, destacan por su belleza además de ser de las más visitadas.La de Los Bikinis, que debe su nombre a que fue la primera en la que los santanderinos veían este “escandaloso” traje de baño, es una de las más populares y a pesar de la  paradoja del nombre, la de Los Peligros una de las que goza de aguas más tranquilas de todo el litoral. 

Aunque no es estrictamente una playa urbana, como las anteriores, merece la pena acercarse hasta la de El Puntal. Hay que llegar hasta ella en una de las lanchas que cruza La Bahía y en pocos minutos se alcanza esta lengua de arena en la que se puede disfrutar de un fantástico día de sol y mar. Desde allí, mirando la ciudad, podemos rematar el bolero.

 

 

 

Santander, al marchar te diré

Guarda mi corazón, que por él volveré.

 

 

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