El aroma de los cafés clásicos de Madrid

El aroma de los cafés clásicos de Madrid

 

Gran Café de Gijón. Foto: Paolo Giocoso, Madrid Convention Bureau

A pesar de que ha entrado un buen frío estamos disfrutando del otoño, la estación preferida por muchos. Vamos a hablar de uno de los mejores lugares para detenerse en esta época del año, con un poco de nostalgia y dirigiendo la mirada al viejo Madrid, ahora que tenemos precios muy especiales para escaparse desde toda la Península. Los cafés han sido, y siguen siendo, un símbolo de toda ciudad que se precie. Lo fueron de manera especial a lo largo del siglo pasado, cuando aún no habían llegado las grandes franquicias cafeteras y cuando los avances tecnológicos se daban con cierta parsimonia,  con un ritmo más humano que el actual, más analógico que el actual, un ritmo que daba margen a espacios para conversar, para leer,  para pensar. O para ver pasar la vida.

A finales del siglo XIX, Madrid era un poblachón que entonces no llegaba al medio millón de habitantes y contaba con 92 cafés censados. Muchos de ellos alcanzaron fama como cafés literarios, espacios que los escritores de la época convirtieron en templos de encarnizadas tertulias, parlamentos paralelos en los que se debatía, además de sobre literatura, sobre todo lo divino y lo humano.

Uno de los más reconocidos de principios del siglo pasado fue el Café Pombo, en la calle Carretas. En su sótano Ramón Gómez de la Serna estableció y lideró una famosa tertulia, la  Sagrada cripta del Pombo, en la que estaba prohibido hablar de la guerra y que hoy se puede ver en el Museo Reina Sofía retratada por el ilustre Gutiérrez Solana.

Don Ramón María del Valle Inclán frecuentaba el café literario La Flor y Nata ,  y el de Fornos, fundado por un “ballet de Chambre” del Marqués de Salamanca, fue conocido durante años como “el café de los alcaloides” por la cantidad de bicarbonato que consumían sus clientes.   La lista sigue: el Suizo, en el que se servían los famosos bollos, La Fontana de Oro, el Café de la Montaña, al que también acudía Valle y donde perdió el brazo en una trifulca: está el Fuyma, el Iruña, el Lyon, el Colonial, el Comercial, el Gijón… Todos ellos acogieron a bohemios e intelectuales del siglo pasado. Algunos han permanecido hasta hoy.

Vamos a dar una vuelta por los más carismáticos.

El Gijón

El Gran Café de Gijón es uno de los más antiguos y de mayor tradición de Madrid. Se inauguró en 1888 en el número 21 del Paseo de Recoletos, frente a la actual estación de Cercanías y a la Biblioteca Nacional. El Gijón empezó siendo un simple café de barrio que empezó a ser conocido porque abrió una de las primeras terrazas de verano que tuvo Madrid. Recoletos era paseo de moda a principios del siglo XX y los paseantes saciaban su sed a base de los refrescos de zarzaparrilla y de horchata que se servían en la terraza del café.

Al inicio de la década de los 30  se podía ver con frecuencia a Federico García Lorca, que se desplazaba desde la Residencia de Estudiantes a “tertuliar”. El torero Ignacio Sánchez Mejías, la actriz Celia Gámez o los escritores Jardiel Poncela y Agustín de Foxá frecuentaban también el café y participaban activamente en sus veladas.

La Guerra Civil supuso un paréntesis en la vida del país y la actividad de los cafés se redujo a la mínima expresión. Fue ya en los años 50 cuando el Gijón empezó a recuperar su antiguo esplendor de la mano de los intelectuales y artistas del momento. En 1949,  Fernando Fernán Gómez, un joven actor que empezaba a despuntar, creó un premio literario junto a un grupo de amigos con los que compartía tertulia en el célebre café del Paseo de Recoletos. Camilo José Cela,  Manuel Aleixandre, Eduardo Haro Tecglen o Regino Sáinz de la Maza, fueron los impulsores del galardón, origen  del Premio de Novela Corta Café Gijón que hoy financia el ayuntamiento de la capital asturiana.

Más tarde fue un asiduo Francisco Umbral, provocador periodista y escritor que en 1972 publicó La noche que llegué al Café Gijón, libro en el que relata la vida en el Café y por ende en la sociedad madrileña de los años sesenta y setenta. Hoy el Gijón sigue ahí, icono de una época y unas costumbres, atractivo para los turistas que llegan a la capital y que entretienen en sus veladores una parte de su viaje.

El Comercial

Resulta inevitable pensar en El Comercial cuando Mario Camus, en la película La Colmena, recrea el ambiente de un café de la postguerra: literatos venidos a menos que desgranan sus horas preparándose para participar en los “juegos florares” que se convocaban en la época; frustradas señoritas de provecta edad que ahogan su frustración en un café y en los cigarrillos que compran sueltos al cerillero del local, un buen hombre conocedor de las debilidades de los parroquianos y que atempera, como puede, la mala entraña que la dueña proyecta contra los más débiles… La película está basada en la obra homónima de Camilo José Cela y, aunque tal vez solo sea una leyenda urbana, merece la pena creer que fue El Comercial uno de los escenarios de la genial novela costumbrista, en la que Cela hace un descarnado retrato de la sociedad española de los años 40/50.

Al Café Comercial, abierto en marzo de 1887  en la  Glorieta de Bilbao, asistía una clientela variopinta:  intelectuales, políticos, cómicos e incluso periodistas y culturetas del momento que pasaban su tiempo entre el café, el licor y las tertulias. El local, pionero al introducir entre sus actividades música y baile, apenas ha sufrido reformas y mantiene la decoración y estética de sus inicios.

A lo largo del tiempo han sido asiduos del Comercial Blas de Otero, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, José Hierro, José Manuel Caballero Bonald o Ángel González.  En la actualidad, Luis García Montero, Ana Rosetti,  Arturo Pérez-Reverte frecuentan sus veladores y acuden al Rincón de don Antonio,  homenaje a Antonio Machado, donde cada viernes se presenta un libro de poesía.

El Barbieri

Otro de los cafés que pervive desde los inicios del siglo XX es el Café de Barbieri, que mantiene el mismo aspecto y el aire indiscutiblemente bohemio de sus inicios. En la plaza de Lavapiés, justo en el chaflán que forman la calle Ave María y la Travesía dela Primavera, en 1902 se abrió al público un amplio local de altos techos con molduras alegóricas, divanes de terciopelo, espejos en las paredes, grandes cristaleras emplomadas desde las que se ve toda la plaza… El Barbieri fue uno de los primeros establecimientos de Madrid que  sirvió comida a domicilio, aunque en demasiadas ocasiones el encargado tenía que denunciar a algún parroquiano que se olvidaba de devolver el servicio que, al poco, aparecía a la venta en algún puesto del cercano Rastro.

Hoy el café mantiene el mismo aspecto bohemio de sus inicios y casi los mismos hábitos: buen café a primera de la tarde y elaborados cócteles cuando cae la noche y el ambiente se transforma. Música, en directo a veces, lámparas sobre los veladores que proyectan una luz íntima y cálida proporcionan a la “noctambulidad”  del Barbieri un sabor muy especial al que solo le falta el de  los cigarrillos que ya no se pueden fumar pero que han dejado su impronta, la huella de la historia que el Barbieri sí tiene.

El Central

Hace poco más de 30 años, en plena movida madrileña, una clásica cristalería situada en la madrileña Plaza del Angel, en el barrio de las letras, transformaba su interior para convertirse en un café. Verano del año 1982, justo en pleno mes de agosto, cuando la ciudad estaba pendiente del mundial de fútbol que se estaba celebrando en España, un grupo de jóvenes más aficionados a la música que al deporte del balompié abría el Café Central en el que junto a cafés y licores se iba a servir música en vivo.

En el local, que no es muy grande,  destaca un pequeño estrado que, a modo de altar, acoge un piano, atriles y unas cuantas sillas que a lo largo de sus treinta años han dado cobijo a cientos de grupos y algunos extraordinarios solistas que cada día han ido desgranando sus notas hasta componer una melodía que, a oídos dela Academia de Música hizo al Central ser, en 2005, merecedor del Premio Difusión de Música.

La especialidad del local es el jazz y figuras como Tete Montoliu, Randy Weston, Lou Bennet o Pedro Iturralde lo han acreditado, pero el Central, en el que la única e inevitable condición es la calidad, ha estado abierto a todas las combinaciones posibles en las que destaca Javier Krahe, Martirio o María del Mar Bonet.

Central01_Mario Martín©Madrid Visitors & Convention Bureau (1)

Café Central. Foto: Mario Martín.

Café de Oriente

Debe su nombre a la plaza donde se ubica. Se inauguró en 1983 en los bajos de un edificio del siglo XIX que había sido construido sobre los restos de un convento, el de San Gil, del siglo XVII. Los atractivos turísticos de la zona, el Palacio Real, el Teatro Real, la Iglesia de las Descalzas hacen del de Oriente un foco de atracción para los visitantes de Madrid que recalan en sus mesas para tomar un respiro antes de continuar su periplo turístico. No obstante, el de Oriente, donde se siguen celebrando tertulias,  es considerado como uno de los cafés literarios de Madrid.  La mesa 9 tiene una consideración especial en el local porque en ella, durante años, se sentaba a desayunar Enrique Tierno Galván y, hasta hace solo unos meses, Antonio Mingote la ocupaba con frecuencia.

 

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