Sinfonía motera

Sinfonía motera

Todos guardamos una imagen primigenia del mundo de la moto. Por circunstancias del destino nos encontramos con una pareja amiga de dogmáticos e históricos moteros en el Ave Madrid-Valencia, en vísperas del Gran Premio de Motociclismo.  “Pero que broma es está. Nada, la semana pasada un percance en Segovia y ya ves, de la que nos hemos librado…” Viajeros de reflejos rápidos y de gesto unánime asumen la provisionalidad del momento dispuestos a conocer el Ave.

El tren en el que viajamos se convierte en un océano de pasajeros hermanados por el amor al motociclismo. La soberanía de la moto capitaliza las conversaciones durante el  trayecto. La abrumadora presencia de aficionados en nuestro vagón es innegable.

Tras dejar atrás la estación de Puerta Atocha, los customizados  cascos de moto son sustituidos por los otros cascos (auriculares de música). La charla aviva la nostalgia y se convierte en una banda sonora. Nos descubren sus avatares encima de las dos ruedas. De un tiempo a esta parte es común recordar canciones a cuenta de reeditar experiencias. Cuando la moto llegó a sus vidas la música nacional vivía una realidad convulsa con esporádicos brotes artísticos… versus Los Bravos. Recuerdan  1.2. 3…

“Quiero una motocicleta que me sirva pa correr,

quiero una camiseta que tenga el número 100.  Y hacer uh uh

poder llegar a cualquier lugar, Llegar, mirar y regresar”

A medio camino entre la memoria y el recuerdo nos hablan de su segunda moto. La sensibilidad musical acelera el espíritu motero durante el viaje. Las canciones seducen, pacifican y estos temas les encandilan: “Motorcycle Mama” del incuestionable Neil Young, y “Born to be wild” de Steppenwolf.  Más tarde llega el éxtasis, fraguado desde el youtube, con “Highway to hell” de AC/CD.

El viaje no está exento de tensiones musicales entre los integrantes de la tertulia tras rescatar de manera fortuita dos  temas que iban derecho al olvido: “Yo sólo lo hago en mi moto” del madrileño heavy metal Obus y el “Súbete a mi moto” del grupo Menudo, donde el adolescente Ricky Martin crecía exponencialmente en los ochenta hacia su éxito universal.

Tras el desaguisado musical recuperamos la calma.

En un ambiente distendido logramos inmortalizar la moto de manera cotidiana con un repertorio de canciones que la convierten en protagonista. Durante el necesario avituallamiento, en el coche cafetería, la pareja protagoniza el minuto de oro con un dueto improvisado, como homenaje a la movida madrileña en la figura del grupo Palmera:

Devuélveme las llaves de la moto y quédate con todo lo demás. 

Hoy te vas y me dejas por otro elemento que no sé ni quién es”.

El asunto es de lo más comentado en la barra del vagón.

El vértigo nostálgico devora a nuestro amigo al observar las siluetas lejanas de varios motos que circulan en paralelo al Ave, hasta ser adelantados con suma facilidad, mientras su mujer observa la velocidad a la que circula el tren: 300 kilómetros. Por primera vez desde que se inició su escapada no muestran síntomas de flaqueza emocional.

El trayecto nos marcará para siempre. No importa el número de viajes realizados sino la vida de los viajes. Reconocen al Ave como la mejor alternativa, para viajar al Gran Premio, sin abandonar sus premeditaciones moteras como reacción lógica. En la conversación hay otras intuiciones certeramente dirigidas. No olvidan la autenticidad de los viajes pretéritos navegando entre curvas y rachas de viento en la histórica A3, mientras abrazan la excelencia y el más mínimo detalle del Ave. “Habrá momentos para todo” nos aseguran.

La llegada al destino: ”Próxima estación Valencia Joaquín Sorolla” acelera las pulsaciones moteras. Todos se levantan cuando el tren se aproxima lentamente consumiendo los últimos metros hacia el perfecto estacionamiento en el andén. La semilla de la satisfacción se concreta al final del trayecto. Por lo vivido asistimos a la posible abdicación motera a favor del Ave. Si pruebas repites.

Tino Carranava es Periodista

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