Runners train, alto rendimiento

Runners train, alto rendimiento

Los viajes en tren son un depósito de experiencias acumuladas. El ruidoso éxodo maratoniano del pasado viernes hacia la capital del Turia da paso al retorno silencioso camino de Madrid. Asistimos, 48 horas después, como testigos de excepción a ese extraño fenómeno migratorio ferroviario a través del Ave conocido por la ciencia viajera como ida y vuelta.

Nos apuntamos a la corriente “runner” tan en boga mientras extraemos la insólita conclusión que el tren en el que viajamos es el escenario perfecto para revivir el Maratón de Valencia recién terminado.

El desembolso fisiológico tras el titánico esfuerzo da paso a la necesaria recuperación. Horas más tarde el interior de los coches se convierte en una concentración de anónimos y satisfechos “finisher”, tras conseguir la gesta de terminar la prueba. Una mirada introspectiva nos lleva a la cola del observado “cheking” donde se suceden los estiramientos y se multiplican las constantes hidrataciones isotónicas a la espera de iniciar el viaje.

Espíritus deportivos indomables, cautivos de la dictadura de los tiempos obtenidos y sibaritas de las mínimas pulsaciones se camuflan entre los cómodos asientos, fundidos como la mantequilla en una tostada, con colorista ropa deportiva.

El viaje representa un punto de inflexión en la otra carrera, la definitiva prueba camino de la recuperación. Ocurre que ni el cansancio que asola a los músculos de los viajeros ni los intermitentes calambres importan lo más mínimo, porque el maratón es ahora mismo una causa incendiaria, un afán ciego, una pulsión invencible. Salvo en contadísimas grandes citas no recuerdo haber visto un pasaje tan absolutamente en trance como el que vemos en el interior de este Ave.

La ceremonia del descanso se inicia antes de abandonar la estación de Valencia Joaquín Sorolla, tras apurar los ochenta metros de  andén, transformado en un pista de tartán de cemento hormigonado, dónde más de 200  atletas inician un dulce sprint con sus maletas hasta el interior del tren. Un gesto que compartimos el resto de viajeros.

 La anatomía del retorno es clara como viaje reparador.

Nuestros compañeros de viaje recuerdan con orgullo arrabalero sus primeros balbuceos “runner” en la Casa de Campo a mediados de los ochenta. La retórica culta del primero contrasta con la dialéctica explícita de su compañero de asiento. El Maratón cuenta con un vasto seguimiento que arrebata la mayor parte de los seguidores al rey fútbol durante el trayecto. Los ecos del último derby madrileño ya suenan lejanos.

La tertulia, de intensidad moderada y duración prolongada, se proyecta durante los 100 minutos del viaje. Sin complejos diseminan comentarios sobre el porqué de la dictadura de los atletas etíopes y keniatas en la prueba.  La parada en Cuenca ilustra con cuidado eufemístico el conocimiento de nuestros acompañantes “Oye de aquí es De la Ossa”, “si el cocinero” afirmamos con seguridad  “No me refiero al atleta de Tarancón” nos corrigen.  No se nos puede discutir nuestra buena intención.

El plantel de atletas africanos que viajan en el coche seis mueven sus articulaciones, con facilidad, camino del coche cafetería al que llegan en óptimas condiciones, seguidos a distancia por un joven matrimonio de “runners” cuyo rostro describe una recuperación limitada a 8 horas de la finalización del desafío.

La antología suprema del maratón está formada por fotogramas históricos que acuden lentamente a nuestra memoria. La búsqueda de vías paralelas nos trae la imagen de mítico Emil Zatopek, la locomotora humana, quién cautivó al mundo durante los juegos de Helsinki de 1952 mientras las primeras series del pionero Talgo circulaban entre Madrid (Estación del Norte) y Valladolid (Campo Grande).

El influjo del Maratón crea conciencia en el resto de viajeros.

Verdad incondicional subrayada tras observar los rostros de los participantes. La sumisión absoluta a subir los 42 escalones kilométricos se transforma en curiosidad competitiva de lucha consigo mismo.

El imaginario del maratón está dedicado a las viejas leyendas. Correr no es igual que competir. Las anécdotas históricas se convierten en una obsesión que impide el descanso.  Transcurridos 95 minutos el previsible anuncio de llegada “próxima estación Puerta de Atocha…… despierta simultáneamente a los ahijados de Filípides y Abebe Bikila.

El metabolismo del viajero maratoniano es sorprendente. Observamos que el coche del silencio se ha convertido en una cámara hiperbárica. El ritmo de la pareja de atletas ha mejorado notablemente al pisar el andén de Puerta de Atocha. La satisfacción indisimulable del maratoniano al cruzar la meta, al igual que la puntual llegada a destino para el viajero, es un botín irrenunciable del que nuevamente salen victoriosos.

Tino Carranava es Periodista

 

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