Madrid, bien vale un cocido

Madrid, bien vale un cocido

En el epílogo del mes de febrero el cocido madrileño recupera su capacidad de arrastre culinario un año más. Con la llegada del fin de semana, decidimos asentar su liderazgo con una degustación entre un grupo de gastrónomos. Una vez en el interior del Ave con destino a Madrid, tras dejar atrás el andén de la estación Valencia Joaquín Sorolla, advertimos que  el fervor y furor gustativo se alimentan, mutuamente, en busca del sabor genuino de uno de los platos reyes de la gastronomía de cuchara.

El Ave hacia Madrid se llena de una nueva corriente de gastrónomos que practican el culto al cocido. Sañudos enemigos del fast food pretenden doblegar el enigmático designio de otras cocinas importadas con estos encuentros.

El viaje permite seguir el rastro del cocido desde que se aúpa como protagonista de las cartas invernales. La escapada gastronómica nos provoca estímulos vitalizantes repletos de sensaciones prolongadas de forma paralela: Cocina de alta alfarería y viaje en alta velocidad. 

La cocción a fuego lento  contrasta con el tiempo de viaje empleado entre ambas capitales, poco más de 100 minutos.

Nada podrá impedir que el cocido madrileño amplíe su ámbito de actuación. Algunos viajeros en la cafetería del tren no ocultan de manera harto transparente su afiliación al cocido. “Vas a trabajar”. “Que vá, hoy toca cuchara”. El destino impone un sacrificio. “Comer y Viajar” nos dicen entre risas.

En tiempos presentes; en los que la complejidad gustativa es un anhelo y la rebeldía culinaria una forma de vivir, el cocido es un llamamiento a la supervivencia de las costumbres gastronómicas clásicas.

El viaje es ideal  tanto para amantes de la gastronomía de cuchara como para los profanos en el tema. Hasta los más cosmopolitas gourmets expresan su sincera satisfacción por vivir esta experiencia. No es preciso hacer ningún esfuerzo imaginativo para adivinar que en 120 minutos estaremos sentados a la mesa del histórico restaurante La Bola donde libraremos un combate de tres vuelcos, perfectamente compatibles, con la sopa, garbanzos, carnes y verduras como protagonistas.

Estamos arribando al final de la comida. La liturgia del cocido es una fiesta, ahora la alegría va por dentro. Sin prevaricación gustativa alguna, sometidos al imperio de la sopa y los garbanzos, se extiende la sensación de que el cocido nos pertenece a todos. La sobremesa se convierte en un cántico de gratitud lleno de armonía. “Alabado sea al cocido”.

La tertulia posterior se transforma en un fascinante cocido de historias. La mayoría fervientes defensores de la gastronomía de cuchara no tienen empacho en reconocer su sumisión a esta receta. Existe un sentimiento mayoritario de adhesión a la causa.

El Ave permite la vertebración gastronómica para conocer tanto el cocido madrileño como el puchero valenciano. Al final resplandece un gran sentido de unidad y convergencia culinaria.

Metabolizado el cocido, pero huyendo de oportunismos y subidos de nuevo en el Ave hacia Valencia, nos atrevemos a lanzar un consejo: Enlacen escapadas gustativas, programen viajes culinarios. Sustituyan lo políticamente saludable y déjense arrastrar por una gastronomía sin paliativos, agrandada y contundente, que irrumpe durante la consolidación del invierno. La resurrección, ascensión y gloria gastronómica del cocido será inmortalizada por 38 restaurantes hasta el próximo 31 de marzo en la 7º Ruta del Cocido Madrileño

Si verdaderos y fieles custodios del cocido madrileño quieren ser, por delante tienen una oportunidad. En horarios gastronómicos de máxima audiencia, por ejemplo; sábados o domingos y con una campaña de plazas promocionales en trenes Ave, la aventura para los paladares es ideal. 

No es de extrañar, por tanto, que todas estas palabras coincidan plenamente con las predicciones halagüeñas, en forma de recomendación del supervisor comercial del Ave. “Buen viaje, Madrid, bien vale un cocido”

Tino Carranava  es Periodista  / @tinocarranava @gourmetren

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