Los paisajes del viajero Azorín

Los paisajes del viajero Azorín

Es tiempo de reencuentros con los paisajes del viajero Azorín. La efeméride del cincuenta aniversario de su muerte  nos sirve de excusa para profundizar en la relación del escritor con el ferrocarril. Los viajes en tren contribuyen a forjar su virtuosismo observador. Desde la ventanilla del tren, a modo de objetivo geográfico y ojo de pez sociológico, nos describe una realidad ficcionada con un filtro discretamente polarizado. Este viaje vuela alto. Los paisajes descritos nos permiten viajar a mundos desconocidos, aunque a veces sean muy cercanos.

Nos ponemos en la piel del escritor en aquellos viajes entre Alicante, Albacete y Madrid. El viaje en Ave se convierte en un heraldo continuado, de estímulos exteriores e interiores permanentes, en forma de postales y estampas. Las miradas vespertinas transitan por la senda de manera ortodoxa. Desde la ventana mirador del vagón cafetería, observamos las primeras estribaciones del Vinalopo tras salir de la estación de Alicante.

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El alma viajera influye en el paisaje e invade nuestro espíritu curioso al observar la Ruta de los Castillos. Con la perspectiva de los extraños caminos del tiempo y de la memoria, redescubrimos cuadros literarios significativos que interpretan la emoción del paisaje a través de la ventanilla del tren. La  generación del 98, a la que pertenece Azorín y a la que él dio nombre, es la que inicia la exploración física de España a través del ferrocarril.

Envalentonados por la resonancia del aniversario rendimos tributo a su obra con una lectura viajera. Un collage de imágenes reivindican el mandamiento de lealtad a los paisajes levantino y castellano. No tardó demasiado en abandonar su hogar familiar, José Martínez Ruíz, para dedicarse profesionalmente a su pasión. A espaldas de la estación de Villena Alta Velocidad dejamos el pueblo donde nació, Monovar. Desde donde protagoniza su marcha hacia Madrid, en busca de su destino literario, para consagrarse como Azorín.

El trayecto en Ave, de manera fluida y con absoluta naturalidad, consigue multiplicar, sin descanso, el voraz paladar paisajístico de los viajeros. Llegamos a vislumbrar un icono histórico llamado Almansa, con la vista de su original castillo de identidad contrastada.

Un viaje introspectivo, de ida y vuelta, a la semilla de los territorios de la infancia y la vejez, siempre anexionado a la fusión del paisaje y el alma mientras sus descripciones se ciñen a un ilimitado metraje de adjetivos y sensaciones. El trayecto trasciende con la lectura del ardor descriptivo de Azorín desmelenado y su inseparable adjetivación. La lectura de sus artículos se convierte en un antídoto contra la vulgaridad de ciertas crónicas viajeras actuales. Un canto al paisaje para convertir el viaje en un recuerdo imborrable.

“No puede ver el mar la solitaria y meláncolica Castilla. Está muy lejos el mar de estas campiñas llanas, rasas, yermas, polvorientas, de estos barrancos pedregosos, de estos terrazgos rojizos, en los que los aluviones torrenciales han abierto hondas mellas”

La ventana del Ave se convierte en un photocall de paisajes continuos. Su feeling visual es indudable. La transcendencia bascula entre cada una de las imágenes, exteriores e interiores, sopesadas con exquisita minuciosidad. En poco menos de una hora, el viaje nos ofrece un book de contagiosa elocuencia emocional que ejerce un indudable reclamo. Descripciones minuciosas, con el adjetivo como bisturí literario, donde disecciona los paisajes en movimiento.

“ahora unos inmensos trigos aparecen y desaparecen, cuajados de florecillas gualdas, de florecillas azules. El tren corre vertiginoso, El tren corre, corre veloz. Nuestras miradas descubren otro pueblo”

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Los ferrocarriles significaban para Azorín una vital aceleración para descubrir nuevas sociedades. Una herramienta fundamental para intensificar el intercambio de ideas. Nuestro ilustre viajero se cuida mucho de elegir las palabras adecuadas. La sucesión de imágenes, el concepto de viajar, la fugacidad del momento, la necesidad del viaje que contribuye a reinterpretar y descubrir profundas experiencias e interpretaciones. Las escapadas actuales se relacionan con la vocación excursionista del pasado; la búsqueda de gentes, experiencias  y paisanajes. El paisaje exterior frente al pa(i)saje interior como equilibrio descriptivo. El tiempo es central en Azorín. Con una importante peculiaridad: todo cambia y todo se repite. La manifiesta contradicción es sólo aparente: pasan las modas, las épocas, las costumbres, los métodos pero permanece lo que es propio del ser humano:

“ Y, lentamente, el tren arranca con un estrépito de hierros viejos. Y las estaciones van pasando, pasando; todo el paisaje que ahora vemos es igual que el paisaje pasado; todo el paisaje pasado es el mismo que contemplaremos dentro de un par de horas”

Azorín capta el color de las estaciones y las diferentes tonalidades humanas que transitan por sus andenes y vestíbulos. Los horizontes de infinitas despedidas y reencuentros con una prosa de incomparable riqueza:

Sí; tienen una profunda poesía los caminos de hierro. La tienen las anchas, inmensas estaciones de las grandes urbes, con un ir y venir incesante -vaivén eterno de la vida- de multitud de trenes; los silbatos agudos de las locomotoras, que repercuten bajo las vastas bóvedas de cristales; el borbotar clamoroso del vapor en las calderas; el zurrir estridente de las carretillas; el tráfago de la muchedumbre”

Como todos los maestros de la literatura, Azorín no sólo describe: abre nuestros ojos, también nos enseña a mirar las estaciones. El continente ha cambiado pero el contenido permanece.

“El llegar raudo, impetuoso, de los veloces expresos; el formar pausado de los largos y brillantes vagones de los trenes de lujo que han de partir un momento después; el adiós de una despedida inquebrantable, que no sabemos qué misterio doloroso ha de llevar en sí; el alejarse de un tren hacia las campiñas lejanas y calladas, hacia los mares azules”

El paisaje es un estado del alma, cabría decir, paradójicamente, que también el alma es un estado de paisaje. Son algunas de las muchas lecciones que nos sigue ofreciendo la lectura del maestro Azorín a los cincuenta años de su muerte

Después de 55 minutos. Un anuncio interrumpe la lectura. “Próxima estación. Albacete Los Llanos”. La recta final del homenaje a Azorín nos dirige al altiplano albaceteño en busca de nuestro destino final la Nueva York de La Mancha. Qué mayor coartada que emular al célebre escritor. El edén paisajístico podría ser este archipiélago manchego donde ya los históricos silos de las fábricas de harina han sido solapados por el skyline de la ciudad.

Al final, como corolario del viaje, nos queda un solo horizonte muy elocuente al recordar este poema:

Frío y llanura; laderas rasas.

Frío y navajas de Albacete.

Albacete, que arranca a un río fuerzas colosales.

Maquinismo, modernidad de Albacete.

Derroche de luz eléctrica en Albacete.

En la noche, un enorme halo resplandeciente sobre la ciudad.

Nueva York; todo a máquina, todo con máquina.

Trigo; molinos con maquinaria extramoderna.

Trigales inmensos; caminos; Don Quijote y Sancho.

Y la vertiginosidad del expreso, que deja un remolino de polvo en la 

llanura.

Tino Carranava  es Periodista  / @tinocarranava

Fotografías históricas: Fundación de los Ferrocarriles Españoles

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