Dulce destino, pasión golosa

Dulce destino, pasión golosa

Con la llegada de la Semana Santa decretamos el estado de alerta golosa. Sobremesas “salpimentadas” de intensos dulces nos esperan. Como entregados costaleros golosos no dejamos escapar ninguna oportunidad de probar el universo repostero popular.

En pleno vestíbulo de la estación Valencia Joaquín Sorolla observamos los rostros de miles de viajeros, con orígenes bien diferentes, ambientes gustativos dispares, concepciones golosas antagónicas y gustos personales desiguales, que se diluyen cuando viajan en busca de los dulces de Pascua.

La arcadia azucarada habitada por una pléyade de dulces nos acompañará en nuestro trayecto imaginario: “rosquillas, torrijas, pestiños, suspiros, monas, panquemado, canutos, borrachuelos, buñuelos de viento”. Cada creación desde su personalidad, y con mayor o menor ortodoxia pastelera, conquistará indefinidamente nuestros paladares.

Los dulces de pascua no son un género menor de la gastronomía, todo lo contrario, todas las voces gustativas lo ejercitan. Se abalanzan sobre nuestros  paladares. Nos emocionan como nostálgicos recuerdos  de la ciencia culinaria de las abuelas, como queda dicho y demostrado en múltiples encuentros familiares.

Somos esbirros del dulce y como tal actuamos en consecuencia. En plena operación salida golosa nos conducimos, de manera atenta, hacia el escaparate repostero más cercano en busca del dulce deseado con el efecto satisfactorio inevitable. La estación de penitencia resulta fantástica.

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Las pastelerías se convierten en meca de peregrinación. Nos mimetizamos en el paisaje dulce de la Pascua hasta límites insospechados. Al final la alienación colectiva deja huella en nuestros paladares de manera vitalicia.

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A los dulces de Semana Santa no se le pueden poner fronteras para su consumo. Hay valores gustativos que nunca se pierden. Resulta difícil imaginar el panorama sin su presencia. Su conexión es constante. Postres que casan a la perfección en cualquier momento.

Las rosquillas caseras que nos ofrece una viajera anónima alcanzan una imprevista cota de popularidad en el interior del tren. Aunque cuesta lanzarse, su sabor y aroma captan la curiosidad gustativa del resto de los viajeros del Alvia, con destino final en Gijón. Los amantes del dulce unen sus pasiones. Al final el efecto de satisfacción es inmediato. Un secreto a voces. Los sugerentes dulces cuentan ya con crédito goloso ilimitado.

La dulce viajera acepta someter al escrutinio gustativo del resto del vagón su creación. Nuestro compañero de viaje abandona su discreción a la hora de valorar el dulce detalle. Mientras no oculta su nueva militancia. “Están fantásticas”. Las rosquillas son devoradas por una orquesta de paladares bien acompasada.  No renunciamos a escoger nuestro destino, vivimos el momento, nos regocijamos en el presente. Los pequeños roscos evocan dulces recuerdos.

El avituallamiento puntual, tras salir de la terminal valenciana, con la complicidad del desayuno, pasa a ser un dopaje recurrente para los esclavos golosos después de la parada en la estación Cuenca Fernando Zobel. La continuidad cíclica viene respaldada por el rostro emergente de una imponente caja de “pestiños” que viaja con suma facilidad, a lo largo del pasillo, gracias a la movilidad generosa, de una pareja de viajeros. “Venga anímense”.

El matrimonio de reposteros jubilados, subidos en la capital castellano-manchega, se convierte en una voz autorizada y reconocida, dentro y fuera del coche cafetería, cuando se habla de los dulces. Durante la charla nos diagnostican una suerte de pasión golosa. Los humildes postres recordados durante la conversación se proclaman como delicatessen perseguidos.

Aunque a cualquiera familiarizado con los dulces en general y con la recetas de Semana Santa, en particular, no hace falta explicarle el diferente currículum estacional de unos y otros. Los consejos se agradecen. Herminia, nuestra simpática vecina de asiento, subraya de forma casi exclusiva su alegato a favor de la torrija. “El dulce de pan con voz propia”comparte cartelera con otros secundarios de lujo como los rollos fritos. Hay que aprovechar el tirón con el resto del pasaje  entregado de antemano.

El derroche goloso comienza al dejar atrás la estación de Madrid Puerta de Atocha. Un grupo de viajeros se redimen del abandono pretérito al que han sometido a los dulces de Pascua, mientras se muestran satisfechos, en primera persona, al probar unas torrijas de confitería. “Que maravilla, nos sabe a poco”. 

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La posterior tertulia en la mesa se convierte en un despliegue de liberación golosa de mutua satisfacción. La degustación encumbra a los “huesos de santo” que amasan dividendos gustativos relanzando nuevamente el recuerdo de jornadas pretéritas.

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Al parar en Segovia, el paladar recuerda a “yemas, amarguillos y perronillas”. Las “orejulas” se hacen eco al pasar por Valladolid seguidas, a escasa distancia, por la leche frita palentina. Desde el asiento, al incorporarnos, nuestra mirada descubre una discreta bolsa de color negro, donde se lee una leyenda dorada de un conocido horno valenciano. Este casual encuentro visual delata la sospechosa presencia de la deseada “Mona de Pascua”. “Ni se te ocurra son para la familia” nos amenazan.

Sometidos al imperio goloso, la peregrinación dulce se intensifica en el interior del tren. Como quedan todavía rosquillas y pestiños por delante y el tiempo justo tras salir de León, mejor ir tomando carrerilla que nos acerque al final.

El festival de aromas y sabores aún no ha terminado. El capítulo final está protagonizado por unos “florones castellanos” que nadie sabe de dónde han salido. Listos para el consumo extremo, durante estas vacaciones de primavera, tras la experiencia del hermanamiento goloso en el interior del tren Alvia, viajamos hacia los confines golosos de postres singulares asturianos  como los “carbayones” y las “casadielles”.     

El dulce se convierte en el eje del viaje. Pocos productos zarandean tan emocionalmente al pasaje. En cuanto abandonemos la edulcorada pascua regresaremos a la tozuda realidad.

Al pisar el andén de la estación de Oviedo, mientras se apagan los resplandores golosos, escuchamos una voz en nuestro interior que dice “Próxima estación: Dulce Destino”. El hábito no hace al goloso y colorín azucarado este relato se ha terminado.

Tino Carranava  es Periodista  / @tinocarranava

Fotografías: Joan Salvador Gayán

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