Qué bonitas son las sorpresas

Qué bonitas son las sorpresas

Nadie nos había contado nada, pero claro que conocíamos el nombre de Avilés, aunque en mi cabeza ese nombre sonaba a siderurgia, chimeneas humeantes y fábricas. Una localidad industrial de ese norte español tan industrial por tradición y por imagen. En nuestro planeado viaje a Asturias ni siquiera sonaba como visita recomendable, de esas en las que uno piensa cuando piensa en el Principado: Oviedo, Gijón, Llanes, Cudillero, Covadonga… Fueron unos amigos de León, amantes de la vecina comunidad, los que nos pusieron sobre aviso. Sí, sí, Avilés, que ya no es esa ciudad llena de humo, que tiene un casco antiguo muy interesante, que de verdad es muy bonita, nos aseguraron.

Como le damos el crédito que se merecen a Isabel y Santiago, amistad fruto de un inesperado y delicioso encuentro en Creta, nos plantamos en la estación de Oviedo y emprendimos el camino férreo a Avilés. En apenas 40 minutos de viaje pudimos comprobar que todo era cierto. Que las chimeneas seguían allí, a la entrada de la ciudad y que esta era gris, pero no por el humo y la contaminación sino por un fenómeno mucho más natural y norteño: la lluvia y las nubes. Con esto contábamos, pero a pesar de las encendidas recomendaciones de nuestros amigos, Avilés nos sorprendió incluso más agradablemente.

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Y nos alegramos, cómo nos alegramos de haberles hecho caso. Vivimos de nuevo eso que tanto gusta a los viajeros vocacionales: descubrir lugares, sorprenderte con lo inesperado, salirte del camino multitudinario y encontrar vías que parecía que estuvieran esperándote a ti, casi con dedicatoria personal incluida. Sí, porque Avilés fueron unas calles pétreas en paredes y suelos, unos soportales llenos de columnas, un ambiente antiguo y sin embargo próspero. Fue de nuevo ese contacto con el Norte admirable en su limpieza y civilización, sin idealizar nada pero triunfadora en su contraste para los que venimos del Sur. Y la reconfortante constatación de que, por mucho que uno ande, siempre hay mundos ahí dispuestos a demostrarte tu ignorancia… y a enseñarte.

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El paseo fue, claro, pasado por agua, gris. Eso es el Norte también. La comida, en una sidrería de la cadena Terra Astur, con una doble división de hostelería y tienda de productos típicos. Muy buena, adaptada a la demanda masiva pero sin perder la tradición, nos pareció.

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La visita al Centro Niemeyer, en cambio, me resultó un tanto decepcionante. Tal vez sea cuestión de gustos personales, pero me dio la impresión de que Avilés ha intentado la misma operación que Bilbao: limpiar su imagen de humos y grises industriales con un edificio de esos que se llaman ahora emblemáticos, pero que no lo ha logrado. El Centro no tiene el poder seductor y magnético del Guggenheim, no posee ni mucho menos su espectacularidad arquitectónica, pero ahí está, como intento… Y no le quita nada a la ciudad, al contrario.

Y sobre todo, ¡qué bonitas son las sorpresas!

M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”

Si quieres viajar al destino que te proponemos, reserva tu próximo viaje aquí. Consulta el horario de Cercanías Asturias para acceder a Avilés.

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Hay 1 comentario para este artículo
  1. Usuario enfurecido at 22:51

    Y llegasteis en cercanias? porque renfe tiene totalmente abandonado los servicios de cercanias asturianos, especialmente los de feve, con constantes cancelaciones y sin avisar a los viajeros en las estaciones. Por supuesto de transporte alternativo ni hablar… mucho AVE y mucha imagen de escaparate y a los que usamos el tren a diario se nos abandona, un servicio lamentable y una visión centralista del tren que parece mentira que estemos en el siglo XXI

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