25 años volando sobre raíles

25 años volando sobre raíles

Son ya 25 años los que han pasado desde que el primer tren de alta velocidad, que no de velocidad alta, apareciese sobre una infraestructura ferroviaria en España. Hace un cuarto de siglo que el primer Ave voló, y nunca mejor dicho, sobre las vías que unían Madrid con Sevilla, presentando las cartas de lo que iba a producirse en el devenir de la realidad del ferrocarril en el país.

No hace falta decir la sensación que producía el poder atravesar una pequeña parte de la Comunidad de Madrid, la Mancha, y las tierras andaluzas a una velocidad inusitada y ver como el convoy fabricado por la industria francesa Alstom, catalogado por Renfe como Serie 100, se iba “comiendo” los kilómetros, a una velocidad que superaba, a juzgar por lo que se indicaba en las pantallas sitas en los compartimentos los 220 kilómetros por hora.

Aunque no es mi intención, ni gusto, no tengo más remedio que hablar un poco en primera persona, dado que tuve la suerte de asistir a la inauguración, y de poder estar en otro viaje, con motivo de la inauguración de la estación de Ciudad Real, de la visión que se tenía desde la cabina, a la que pude acceder unos minutos y compartir la experiencia con el presidente de la Comunidad de Castilla La Mancha, José Bono, y con la presidenta de Renfe, Mercé Sala.

La sensación es única. Poder atravesar la recta de Mora a 300 kilómetros por hora, velocidad a la que el conductor puso el convoy y comprobar que el tren avanzaba metro a metro sin el menor movimiento extraño, es algo que no se me va a olvidar nunca, y eso que yo soy de aquellos románticos que por curiosidades de la vida y por deseo familiar, he montado en casi todo tipo de trenes que ha operado la Renfe desde mediados del siglo pasado.

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Impresionante ver el vuelo de este pájaro que va sobre raíles. Que no cabecea en ningún momento y que en su primer viaje asombró a todos, a propios y extraños, al unir Madrid y Sevilla, 471,8 kilómetros, en menos de tres horas.

El hecho, un hito histórico que coincidió con la inauguración de la Expo de Sevilla, sirvió, algo, de demostración que ese país que se encuentra por debajo de los Pirineos y que para algunos más cerca de África que de Europa, estaba preparado para convertirse, como de hecho ahora, veinticinco años después, lo es, en la primera nación del Viejo Continente en kilómetros de alta velocidad en explotación comercial, al haber incorporado a ese trayecto inaugural, rutas nuevas con Valencia, Alicante, Barcelona, Valladolid, Málaga, la Frontera Francesa, Palencia, León…

Pero volvamos al principio de la cuestión que nos ocupa. Los veinticinco años y un viaje inaugural al que asistieron numerosas personalidades y sobre todo los Reyes, y, cuya primera unidad del S100 llevó a cabo a la perfección.

Cuenta la tradición o quizás la leyenda urbana, que el vicepresidente del Gobierno en aquel entonces, Narcís Serra, que probó una unidad unos días antes, comentó al llegar a Sevilla que “no he escuchado ningún traqueteo”.

Y la verdad es que sentado en cualquiera de los compartimentos del tren, en ese primer caso en turista, y en posteriores viajes en Club y en preferente, no se nota ningún movimiento contra natura del tren, por muy alta velocidad que desarrolle.

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Aunque he prometido no dejarme llevar por la emoción y querer protagonizar este relato, la verdad es que son mis impresiones personales, y eso me lleva a tener que profundizar un poco, brevemente, en mis sentimientos.

Sentado en la comodidad del lugar que me había correspondido, y como ya he señalado que soy muy romántico en materia ferroviaria, no pude dejar de pensar en los diferentes trenes en los que he tenido la suerte de atravesar gran parte del país, y eché en falta una parte muy importante de esos viajes.

Recuerdo los trenes de asientos de madera, abiertos, vagones por los que se colaba el aire frío salmantino en un viaje desde Madrid hacia Bejar de varias horas, acurrucados y tapados con mantas. El poder viajar en La Mancha, en un trayecto, de cuyo nombre no quiero acordarme, en unos vagones tipo los que se ven en las películas del Oeste y bajar en marcha a robar racimos de uvas. En las tres clases que había en los convoyes de largo recorrido: tercera, igual a bancos de madera; butapercha ( lo llamábamos de otra forma), en segunda clase, una especie de plástico que no se había cambiado ni lavado desde que esa una unidad entró en funcionamiento; y, por fin, la primera, en la que iban los asientos orejones entelados y la que nunca olíamos.

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Y qué decir del intercambio de alimentos, de eso que se ven en las películas antiguas del “bocata” , del vino, del pan…que unos ofrecían a otros y que al final convertían el vagón apretado en algo casi familiar, que al despedirse llegando al destino quedaba con un “tenemos que vernos”. O de aquello de “tortas de Alcázar”, cuando había que esperar más de dos horas en el nudo ferroviario de Alcázar de San Juan, para que cambiasen la máquina para poder ir en tren hacia Alicante. Las rifas de caramelos…

Qué no se me olvide…las ventanillas bajadas y subidas rápidamente al llegar a un túnel para evitar el humo de la máquina de vapor. La carbonilla en los ojos…

Pero luego llegó el diésel, la electricidad, y ahora el Ave o tal y como vuela, la “ave”, de ahí que el tren de alta velocidad de Talgo-Bombardier que recorre actualmente diversos trayectos sea conocido popularmente como “pato”.

El tiempo ha avanzado. Hoy no hay intercambio de viandas, hay cafetería moderna en el vagón oportuno, se pasea el propio de turno para vendértelas sin que te muevas del asiento, y hemos pasado de todo un día de viaje para llegar de Madrid a Levante, a hacerlo en poco más de una hora y media. Eso tiene la tecnología y la modernidad.

Y aunque estoy a favor del Ave, discúlpenme por haber rememorado aquellos tiempos en que viajar en tren por España era una verdadera aventura. 

J. Felipe Alonso es  Periodista y Escritor, estudioso de leyendas y costumbres.

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