Albi, el engaño perdonable

Albi, el engaño perdonable

Hay veces en las que un engaño, o una trampa, son disculpables cuando se descubre la belleza de su trama. Es lo que ocurre con una de las catedrales más sorprendentes del mundo, que por fuera semeja un altísimo granero de ladrillos rojos al que se le ha adosado un bellísimo pórtico lateral de gótico flamígero. O como un barco de proa redondeada y en el que el puente de mando fuera otra torre aún más alta. Una construcción de una sola nave, sin contrafuertes ni arbotantes, una rareza inmensamente sobria en un país, Francia, que hizo del gótico esplendoroso uno las señales de su poderío religioso. Pero la rareza de la catedral de Santa Cecilia de Albi viene de los tiempos de guerras católicas contra las herejías cátaras, una secta que creía en la igualdad de fuerzas entre Dios y Satanás y en la sobriedad y el ascetismo como manera de combatir el mal. Sus creencias fueron tildadas de herejes por Roma, y combatidas duramente. Albi, no muy lejos de Toulouse, era uno de los centros de los seguidores del catarismo, también llamados albigenses por esa población precisamente.

Los herejes fueron vencidos y aniquilados, y la construcción de la iglesia quiso también desmentir las acusaciones de los cátaros contra la Iglesia oficial, a la que se reprochaba el lujo y la riqueza de sus templos. Así que lo que se ve desde fuera es sólo ladrillo austero, pilares redondos y ventanas casi sin decoración. Parece más bien una fortaleza. Era una forma de desmentir el afán suntuoso de los católicos.

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Pero era sólo fachada, nunca mejor dicho. El choque que produce la entrada en Santa Cecilia es enorme, aunque el pórtico ya anticipa algo. Una vez en el interior se descubre el engaño y entonces parecería que los ojos no pueden abrirse más del asombro: una altísima bóveda de nervios y unos muros en los que no queda un hueco libre de una aplastante decoración de colores. Las columnas, paredes, arcos, bóvedas, capillas, todo está pintado con dibujos geométricos, florales y de santos, listones dorados, sobre un increíble fondo azul. Es difícil encontrar algo parecido en todo el mundo, quizá tan sólo los mosaicos de Monreale en Sicilia den una sensación parecida. Pero esto son pinturas.

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Parece imposible superar tanta belleza, pero sin embargo el escalón superior está dentro de este mismo monumento, uno de los más visitados de Francia: el coro prodigioso de escultura policromada, una locura de piedra que parece retorcerse sobre sí misma de manera anárquica pero que en seguida se ve que es producto de la más racional mano humana. Está en el centro de la nave, ocupando la parte trasera, y merece la pena pagar por atravesar sus puertas labradas e imaginar los oficios cantados en los días grandes. O tal vez asistir ahora mismo a cualquier concierto de música religiosa. No pasaría el tiempo si no tuviéramos obligaciones dentro de esta catedral única.

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Sólo por visitar Sainte Cecile habría que acudir a Albi, que además es fácilmente accesible en tren desde España, dada su relativa cercanía con la frontera. Encima, cuenta con el espléndido Museo Toulouse Lautrec, el pintor de finales del siglo XIX nacido precisamente aquí y que retrató como ninguno el ambiente de los cabarets y burdeles del efervescente París de aquella época. Muchas de sus mejores obras, sobre todo sus personales diseños para los carteles anunciadores de actuaciones en esos locales bohemios, están en este singular edificio, también medieval y perfectamente acondicionado como museo.

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Y no es el menor de los encantos de Albi su recogido casco antiguo, de espléndidas fachadas rojas del mismo ladrillo, pensado o no para pasear y descubrir rincones y placitas. Especialmente recomendable es el paseo descendente hasta el río Tarn, en busca del Pont Vieux y del otro lado de la orilla para contemplar al atardecer la silueta de la ciudad, siempre dominada por la catedral. O asomarse a los jardines del propio Museo como un mirador inigualable sobre la corriente de agua y los campos circundantes.

El plan ideal es hacer el viaje en tren desde Toulouse, llegar a media mañana y dedicar todo un día a callejear, visitar sus monumentos y disfrutar en sus espléndidas terrazas de la inimitable elegancia francesa, de sus cervezas, de sus vinos y de sus digestivos licores para rematar. Esas cosas reconciliadoras con la vida.

Texto y Fotografías: M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”

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Hay 1 comentario para este artículo
  1. AVE Madrid Barcelona at 20:13

    La Catedral de Albi es uno de los mejores ejemplos existentes del Gótico meridional, como dice muy bien el artículo el interior es deslumbrante, sólo he visto algo parecido en el Monasterio de San Francisco de Asis donde los frescos del Giotto, dejan igualmente deslumbrado a sus visitantes.

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