Ya falta menos

Ya falta menos

Suena el despertador, pero hace ya rato que veo cómo van pasando los minutos. Un  cosquilleo en el estómago me ha hecho amanecer antes de tiempo. ¡Por fin ha llegado el día! La maleta lleva una semana junto a la puerta. Todo preparado. Todo listo. Un desayuno frugal, una ducha rápida y rumbo a la estación.

Al cosquilleo en el estómago se ha sumado ahora un ritmo cardiaco acelerado. Con las manos sudorosas acomodo la maleta y me siento junto a la ventana, viendo el ajetreo constante. Las ideas y venidas. No sé cuántas veces he mirado el reloj. Puntuales, las puertas se cierran. El tren arranca. Cada segundo que pasa, un poquito más cerca. ¡Qué ganas!

“Sí, mamá, todo bien. Llegaré a la hora prevista. Espérame”. La vuelta a casa siempre es mágica. Es como una inyección de energía. Volver a llenar el depósito. Pero esta vez lo es más. 355 días son muchos días… Allá quedó el Pobre de Mí cuando con lágrimas en los ojos desataba el pañuelo rojo con San Fermín bordado. Ése que me había acompañado incondicionalmente durante nueve días y sus nueve noches. Ése que aguarda en el cajón del armario, bien lavado y planchado, perfectamente conservado, junto con la ropa blanca.  

Es sólo pensar en el Chupinazo y un escalofrío recorre mi cuerpo. Emoción. Pura emoción. 

Chupinazo 0574

Tanta que no soy consciente de que estamos ya entrando en Pamplona. El viaje se ha pasado volando y apenas me había dado cuenta de mis compañeros de vagón; muy diferentes a los que me suelen acompañar en cada escapada a casa. Ya se respira ambiente presanferminero. Cuando el tren se detiene, comienzan a aparecer mochilas de aquí y de allá y un murmullo constante en un inglés con mil acentos, en el que se cuelan dejes más cercanos. Miro a mi alrededor y veo gente joven, andaluces, madrileños, valencianos, hasta algún que otro gallego, todos con la sonrisa puesta y unas ganas locas de descubrir de primera mano qué son los Sanfermines y de dónde viene su fama. Yo los descubrí de bien pequeña pero cada año son únicos.

Al poner un pie en la estación todo el mundo vuela para coger un taxi o el autobús. Todo el mundo menos yo. Espero a que se vacíe. Quiero comprobar que siguen ahí. Miro al frente. Sí. Ahí están. Los gigantes de Pamplona me dan la bienvenida. El resto ni se ha percatado. Pero ahí están. Gigantes pese a  que hay que escudriñar la pared para verlos. Pintadas sobre teja, las cuatro parejas de gigantes dan una bienvenida muda a todos esos viajeros que quieren disfrutar de San Fermín. Es la pequeña sorpresa de la estación. Ésa en la que sólo se fijan los ojos de los niños y aquellos que no han perdido la ilusión  y la capacidad de sorprenderse con las pequeñas cosas. Porque San Fermín son los encierros y la juerga, pero también los Gigantes y Cabezudos, la Procesión, la Tómbola, las barracas, descubrir las habilidades de los artistas callejeros, disfrutar de las peñas y sus pancartas, pasar un rato en un concierto o una verbena… Pero, sobre todo, los Sanfermines son cordialidad y buen ambiente.

“¿Qué tal el viaje hija?”, me despierta mi madre del letargo en el que había caído mirando embobada a Josemiguelerico, el gigante europeo.

Gigantes Pamplona

Habrá que esperar a las doce del mediodía, a que la pólvora del Chupinazo explote en la plaza del Ayuntamiento, para que lo hagan de nuevo esos nueve días de fiesta. Únicos e irrepetibles.

charanga

Belén Armendariz es Periodista / @BArmendarizH

Renfe pone en marcha un dispositivo especial para viajar en tren y disfrutar de la fiesta. Más información aquí.  

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Hay 1 comentario para este artículo
  1. Jesús at 11:17

    Maravilloso y se ve conocedora de los sanfermines. Muy bien y con una gran muestra de la esencia de la fiesta, sana, alegre, respeto a las tradiciones y raíces. Gracias por mostrarnos está cara positiva de los sanfermines.

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