Metamorfosis

Metamorfosis

Cuando la hoja del calendario da la bienvenida al mes de junio,  arranca una carrera contrarreloj, una carrera de obstáculos, prisas y agobios para llegar a la meta en perfectas condiciones. Si los ultrafondistas se preparan a conciencia para lograr su gran objetivo, Pamplona no lo es menos. Sus Sanfermines son la mejor de las medallas para ser visible en el mundo entero. De ahí que la responsabilidad sea enorme. Cuando el día 6 de julio, el Chupinazo retumbe en la plaza del Ayuntamiento, todos los esfuerzos habrán merecido la pena. Porque una cosa es cierta, unas fiestas como éstas no se improvisan de la noche a la mañana.

El programa festivo, el cartel anunciador, las pancartas de las peñas, las ganaderías, los toreros, los conciertos y todos los festejos requieren meses de preparativos. Pero también la ciudad. Pamplona se engalana para acoger a miles de turistas nacionales y extranjeros que quieren descubrir la magia de San Fermín. Sus jardines les reciben bien cuidados. Sus rotondas y medianas, llenas de flores; blancas y rojas, para no desentonar. No hay detalle que no se cuide estos días. Pero todo ello se hace en silencio. Sin ruido. Inadvertido.

Sus gentes siguen con el ritmo habitual. Con la rutina. Con la normalidad. Hasta el día 6. Entonces, Pamplona se transforma. Por dentro y por fuera. Como la noche y al día.

Nada tiene que ver la mañana del día 6 de julio con la de la jornada anterior. Nada.  Ya desde bien temprano la estampa de Pamplona deja entrever que no es un día cualquiera. Una marea de gente, toda de blanco y rojo, asoma por los portales e inunda las calles. El señor que durante todo el año va a trabajar encorbatado y trajeado se planta estos días las alpargatas y la faja roja. El bebé recién nacido estrena pañuelo con su nombre bordado. La dependienta del supermercado saluda con un ‘felices fiestas’ vestida de blanco impoluto… Y así, uno y otro y otro; autóctonos y foráneos, porque nadie escapa al atuendo sanferminero.

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La primera cita, antes incluso que el Chupinazo, es el almuerzo. Parada obligada para afrontar con energía una jornada que promete ser larga, que incluso a veces se duplica. Porque en Sanfermines no hay horarios ni reloj. La ciudad no duerme. Y sus gentes, poco. Pero, aún así, no pierden la sonrisa y la amabilidad. Porque la magia de unas fiestas como éstas está en sus gentes. Su cordialidad y su alegría invitan al visitante a participar de todos y cada uno de los secretos que esconde la ciudad.

Esas corridas de toros en el tendido de sol, en las que el toro y el torero no son precisamente el centro de atención; ese sorbete de limón de la mano de una de las sociedades gastronómicas de la ciudad; esos churros caseros de primera hora de la mañana elaborados sólo durante las fiestas siguiendo la receta tradicional… No hay secretos para los foráneos, porque la fiesta es compartir.

Al igual que sus gentes, los Sanfermines son únicos. No cabe duda. Pero Pamplona son dos. Una del 6 al 14 de julio. Otra, el resto del año. Por eso, para conocer realmente la capital navarra, es preciso visitarla dos veces. Para sorprenderse con su fiesta, pero también para disfrutar de su paisaje. Para divertirse y para conocer su historia milenaria. Para zambullirse en el bullicio y para respirar su calma.  

Belén Armendariz es Periodista / @BArmendarizH

Fotografías: Ayuntamiento de Pamplona

Renfe pone en marcha los Trenes del Chupinazo y un dispositivo especial para viajar en tren y disfrutar de la fiesta. Más información aquí.  

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