El espíritu y la carne

El espíritu y la carne

Tengo entre mi particular mitología estética al arte románico. Quién sabe por qué; no parece encajar entre los gustos tópicos de un andaluz más sureño imposible, ya lindando con África. Tal vez la mayoría supusiera que debería arrodillarme ante el barroco exuberante, pero no. No sé por qué cruce aleatorio de sangres y enseñanzas puede un gaditano emocionarse con maravillas sobrias, y diría que castellanas, como los pórticos de la Gloria en Santiago, el de la Majestad en Toro, y el claustro de Silos con su mudo ciprés y todo. Pero es así, como un dulce destino en dirección contraria.

No me resisto demasiado, nada tengo que objetar a esta afortunada desviación étnica que, además, es fuente de placeres inesperados. Están España y Europa salpicadas, sobre todo la mitad norte, de gotas románicas desde el Pirineo hasta la estepa y si uno es viajero termina topándose con ellas quiera o no. Ahí estaba por ejemplo, esperándome desde hacía siglos, la colegiata de San Pedro de Cervatos, mucho más modesta que los ejemplos señalados antes. Casi pegada a Reinosa, que es lo mismo que decir en la linde entre Castilla y Cantabria, que durante tantos siglos fueron una continuidad histórica.

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Casi sola en medio del campo, pero impresionante, no por sus dimensiones ni su riqueza sino por algo inesperado: su decoración exterior. Aparecen en su fachada decenas de estatuas y relieves con temas sacros o profanos, pero lo remarcable son los motivos claramente eróticos de algunas de sus esculturas: un capitel muestra a una mujer con las piernas en alto luciendo su sexo, varias figuras muestran a parejas practicando de manera explícita la coyunda. Insólito y extraordinario a la vez en un templo cristiano en un tiempo en que la Iglesia mandaba, y mucho. ¿Quién o quiénes serían esos escultores, quién o quiénes los liberales párrocos (supongo que muchos dirían que pervertidos) que permitieron que esas figuras lucieran en la fachada?

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Más extraordinario resulta aún que hayan sobrevivido a épocas de censura. Pero ahí están, superando a los siglos, haciendo posible la primera sorpresa agradable de un viaje por tierras cántabras.

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Fue aquella vez, en el viaje de ida hacia Santillana del Mar, Carmen me había ido diciendo que quería que parásemos un poco antes de Reinosa, que quería darme una sorpresa. La sorpresa no era el sol que de repente apareció, nada más llegar a las primeras alturas de la cordillera cantábrica. Eso no dependía de ella. “Está en Cervatos, al lado de la autovía, estate atento”, me dijo. “Ahí está la desviación”, dije yo. A dos kilómetros estaba el pueblecito, apenas una aldea de cuatro casas, con tres señoras arreglando sus casas, desafiando al intenso frío, dos hombres mayores andando, un coche que se nos cruzó, un perro grande que miraba indiferente… y esa imponente iglesia románica: la colegiata de San Pedro.

Ella sabe bien (cómo no lo iba a saber) que el románico es mi estilo arquitectónico favorito, por encima del estilizado gótico o del recargado barroco, o del demasiado sobrio Renacimiento. En su sencillez, el románico es capaz de expresar la más alta espiritualidad, como a otra escala el helénico y matemático dórico te provoca las emociones más literarias. Con su sobriedad de piedra, este estilo medieval expresa para mí una época dura y quizá pobre, en la que anónimos canteros y maestros, que no ponían aún a su oficio el nombre de escultores o arquitectos, consiguieron hermosos logros artísticos.

Colocan los hacedores de este estilo una puerta y encima un arco, y encima otro, y otro más con un relieve trenzado, y le añaden otro con figuras de apóstoles, y añaden otro liso, y uno todavía con una greca, en una sucesión que parece no acabar nunca. Y cuando acabas de repasarlo, tu alma (o como se llame eso) sigue ascendiendo por inercia.

No hay viaje mejor, ni más barato.

M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”

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