Mira cómo hemos cambiado

Mira cómo hemos cambiado

Hace ahora 28 años, en julio de 1988, hice mi primer viaje en el entonces jovencísimo tren turístico Transcantábrico Clásico entre Santiago de Compostela y León. Explotaba el servicio desde 1983 la compañía de Ferrocarriles de Vía Estrecha (Feve). Acudí a la ruta con la prevención de embarcarme en una experiencia excesivamente organizada. Todo resultó perfecto, incluso con un toque de aventura. En años posteriores he repetido, con igual satisfacción, otros viajes ferroviarios del mismo tipo en diversas partes del mundo.

Ha querido el destino que este verano, en la última semana de junio, haya vuelto a repetir en el tren Transcantábrico, ahora explotado por Renfe, una ruta prácticamente idéntica a la de hace casi tres décadas. El resultado ha sido tan reconfortante y feliz, como el primero. Pero la nueva experiencia ha servido para, en cada kilómetro recorrido, en cada pueblo y ciudad visitada, hacerme consciente de lo mucho que hemos cambiado en estos 30 años … y, en términos generales, para mejor.

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He cambiado yo, pero de eso no interesa sino a mí. Ha cambiado el ferrocarril en general, y en particular el tren Transcantábrico: su concepto de servicio, la actitud de su tripulación. Ha cambiado la eficacia y la seguridad de la movilidad, especialmente en el norte de España. El turismo y sus fórmulas de explotación son completamente diferentes. Han mejorado todos los pueblos y ciudades que he visitado por segunda vez: en su calidad de vida, en urbanismo, en la recuperación de su patrimonio, en la reivindicación de su historia y en el aprecio de su identidad. La gastronomía es ahora un festival de muchas estrellas.

La única evolución negativa evidente en el tiempo transcurrido es la presión a la que, el ladrillo y los movimientos especulativos asociados, han sometido a los entornos naturales y la lentitud con la que aún se responde a estas agresiones desde las administraciones y los movimientos conservacionistas.

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Viaje por el tiempo y el espacio

Dejen que desarrolle estas impresiones mientras me acompañan en este viaje de siete jornadas que discurren por un trazado de vía estrecha un siglo más antiguo que las modernas autopistas. Disfrutemos del paisaje y la conversación en un traqueteo plácido que permite descubrir el norte de España desde una perspectiva inaccesible para quienes han elegido el automóvil.

La plaza del Obradoiro de Santiago es punto de encuentro para los viajeros que han decidido aventurarse en la ruta del Transcantábrico. Del medio centenar de excursionistas, cuatro son peregrinos que aun reflejan en su rostro la fatiga del Camino. Tres, de nacionalidad mexicana, han cubierto en bicicleta los 310 kilómetros de León a Santiago. El cuarto pedaleó 2.100 kilómetros, durante mes y medio, desde Suiza.

El autobús de apoyo traslada a la expedición hasta las puertas del tren que aguarda en la estación de El Ferrol. Los miembros de la tripulación, formados y uniformados a las puertas del convoy, hacen los honores con una copa de bienvenida. Conforman el equipo del tren una jefa de expedición, una guía de turismo, seis camareros y ayudantes de cabina, dos cocineros, un maquinista, un ayudante técnico, más el conductor del autobús de apoyo. En total 12 personas para atender a 24 cabinas o suite donde se alojan 48 viajeros.

En relación al recuerdo cordial que aún conservo de los tripulantes del primer viaje, la actual plantilla de servicio es joven y combina su simpatía con una buscada e interiorizada profesionalidad que convierte en naturales y, a la vez tasadas y previsibles, todas las atenciones que se ofrece al viajero. Queda fuera de la cultura de la nueva Renfe aquella sensación que hacía temer más las atenciones de un ‘factor’ excesivamente simpático, que las coces de uno ‘borde’.

Hotel rodante

La tripulación distribuye al pasaje en el que será su hotel rodante durante una semana. De inmediato el viajero descubre que el tren tiene las ventajas de un crucero. Solo hace una mudanza y las pertenencias quedan al alcance de la mano durante toda la ruta. El descanso relajante es parte esencial del viaje; tienes la ventana a los pies de la cama y, sin moverte, ves pasar el mundo cómodamente recostado.

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El Transcantábrico es un tren de ápoca. Por un lado, está la locomotora, la cocina y otros coches de servicio. Por otro, el corazón del convoy, compuesto por cuatro coches Pullman fabricados por The Leeds Forge en 1927, remozados en sugerentes comedores y salones de época. Los dormitorios, otros cuatro remolques de Man de la edad de oro del ferrocarril, alojan 24 lujosas suites con una amplia cama, minibar, caja fuerte, inodoro estanco, ducha con hidromasaje, hilo musical, luces de intensidad regulables. En mi memoria se conserva difusa la primitiva placidez del Transcantábrico de 1988; las cabinas estaban equipadas con literas y los baños en cada coche eran comunes.

En marcha

El convoy arranca para alcanzar Viveiro a plena luz. Junto a la ría de su nombre, la villa franquea las murallas por la puerta levantada en homenaje a Carlos I. De paseo por las calles empedradas los viajeros escuchan los rezos de la clausura concepcionista y perciben el aroma de pasteles recién hechos.

La primera cena a bordo tiene sabor gallego. La chef del tren, Eva Valdés, adoctrina a los viajeros en el arte de degustar mariscos; cigalas, quisquillas, zamburiñas… Los comensales hacen fiestas al percebe y no se incomodan cuando, al retorcer la cáscara, se dispara un líquido que los pone perdidos.

Trans10Cada mañana los viajeros se desperezan al tañido de una campanilla, según la costumbre heredada de los míticos viajes de la edad de oro del tren. El desayuno se presenta como autoservicio, pero en realidad el equipo del Transcantábrico se vuelca en atenciones para convertir el momento en un buen preludio de lo que está por llegar. Dulces de la zona, quesos, pan con tomate y jamón, aceite de oliva, fruta entera y pelada, zumo de naranja natural. Y para completar, una variada oferta de huevos con chistorra, tocino ahumado o salchichas. Además de champán para quien se anime.

La Plaza de España de Ribadeo está presidida por una casa modernista de 1915. La Torre de los Moreno, fue levantada como tantas en la zona por aquellos emigrantes que hicieron fortuna en Las Américas y retornaron a sus pueblos para dejar testimonio de su riqueza en magníficos edificios. “Donde lo hay que se vea”. Pese a su ubicación privilegiada y a su belleza, La Torre está abandonada. Extraña situación en un país que ha remozado sus cascos históricos para disfrute de lugareños y turistas, y más en una localidad que durante la primera semana del mes de julio celebra ‘la fiesta del indiano’.

El monumento natural de la playa de las Catedrales extiende su fama en los telediarios y alerta sobre un lugar colonizado por miles de visitantes. Pero sobre el terreno la multitud se diluye. La amplitud del arenal y lo majestuoso de los peñascos diseminados y verticales convierten en diminutos a los turistas e integran los vivos colores de sus indumentarias en un componente armónico al mezclarse con el sobrio gris de las rocas, crema de la arena y azul del mar.

Termina el día en el puerto ballenero de Luarca. En su bello cementerio frente al mar reposan dos notables de la villa; el ‘nobel’ Severo Ochoa y el ‘oscarizado’ Gil Parrondo.

Latinos y australianos

La convivencia durante las comidas y cenas, dentro y fuera del tren, diluyen la timidez inicial, y la cordialidad termina por convertirse en camaradería. En este viaje la mayoría de los pasajeros somos latinos: mexicanos, argentinos, colombianos, brasileños, portorriqueños, y entre los minoritarios españoles, zamoranos y andaluces o madrileños. Esta mezcla provoca casi de continuo una conversación recurrente en la que se glosa la coincidencia idiomática como uno de los beneficios del tronco histórico común. Se experimenta sorpresa al resaltar la diferente interpretación que en unos países y otros se hace de palabras iguales o, por el contrario, la múltiple variedad de palabras (en muchos casos arcaicas) que se usan para denominar un hecho o realidad en cada latitud. La jefa de la expedición, Ana Sutíl, asegura que el segundo colectivo más numeroso en los viajes del Transcantábrico está compuesto por ciudadanos australianos

Imágenes del tren Transcantábrico: máquina y coches en sus inicios.

Imágenes del tren Transcantábrico: máquina y coches en sus inicios.

La memoria del viaje de hace treinta años indica que en aquellas singladuras iniciales los viajeros eran mayoritariamente nacionales y significativamente más jóvenes.

Alma medieval

Chispea en la tercera jornada. La lluvia repiquetea en la cubierta a lo largo del tren. Se agradece el día fresco y, cuando se inician las excursiones, el bello empedrado del casco viejo de Avilés recobra el color brillante que le es natural. La guía se esfuerza por desnudar el alma de esta ciudad medieval: “Como Bilbao, Avilés fue un cisne blanco durante siglos, para convertirse en patio feo con la industrialización. Ambas, sin embargo, tuvieron la suerte de conservar su casco antiguo intacto. Ensidesa, la empresa metalúrgica que protagonizó la vida industrial de ambas en los años del hierro, fue respetuosa. Creó fábricas, viviendas y servicios en el ensanche de las ciudades. Ahora con el renacer local de los últimos años; Avilés y Bilbao han aprovechado para poner en valor la historia hibernada y recobrar su esplendor

El Parador de Gijón ocupa el espléndido edificio de un molino centenario en el corazón del Parque de Isabel la Católica. Ofrece a la expedición un menú que marida con maestría lo nuevo y lo tradicional: milhojas de pulpo prensado, lenguado a la plancha y ‘frixuelos’ de manzana asada.

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En la visita a Oviedo vienen de golpe y desordenados los siglos de intensa historia de una “ciudad monárquica, religiosa y revolucionaria”, según explica la guía María Fernández.  Alfonso II el Casto (heredero de don Pelayo y don Rodrigo, los fundadores del reino cristiano de Asturias) trae su capital a Oviedo en 974. Allí reinó desde los 45 años, edad a la que fue coronado, hasta que murió con 90 años. De la mano de Clarín, Ana Ozores, la Regenta, transforma Oviedo en Vetusta en la recta final del siglo XIX. Esta ciudad conservadora quiso ser, sin renunciar a su esencia, la protagonista de la última revolución obrera en Europa, con la sublevación minera en 1934.

El Transcantábrico se ha detenido esta noche en la estación de Arriondas donde, como cada día, los viajeros duermen “a tren parado”. Ha querido la suerte que conserve fotografías del apeadero hace tres décadas. Las diferencias son evidentes si lo comparamos con el nuevo edificio remodelado de la actualidad.

Trans12Interesa aquí remarcar los profundos cambios vividos por el ferrocarril español entre mis dos viajes del Transcantábrico, y que tienen que ver con la aplastante irrupción de los conceptos Ave y Cercanías. Los trenes y trazados convencionales eran lentos y sinuosos. El moderno ferrocarril es rápido y eficaz. El Ave viaja en llano y, normalmente con una amplia perspectiva ante los ojos del viajero.

Definitivamente el del Transcantábrico es otro viaje, otra experiencia. He disfrutado holgazaneando tumbado en la cama de mi cabina viendo pasar el mundo mientras el tren se mece con su sinuoso trayecto y ofrece un panorama imposible de predecir.

El tradicional traqueteo ferroviario es ahora, con las vías modernas, no una rítmica sucesión de golpes secos, sino más bien una música repetitiva que alaga los oídos y pone banda sonora a los paisajes que nos regala la ruta. Durante muchos minutos circula entre árboles avasalladores que lamen de modo suave y continuo los ventanales del tren. Pero, sin aviso, se abre una espectacular panorámica que deja al descubierto las aguas tranquilas de una ría y los viejos edificios de piedra gris del pueblo que desde hace milenios se aprovecha de su pesca y de sus mariscos.

Noble Santillana

El día que la expedición del Transcantábrico llega a Santillana del Mar la villa celebra la fiesta de su patrona, Santa Juliana. Una de esas historias de reliquias milagrosas que desatan la devoción en un pueblo perdido del norte de España, cuando la santa mártir en cuestión nunca abandonó su Turquía natal. El espectáculo hoy es una procesión en la que los santos son de metal o madera, pero los fieles, de carne y hueso, alardean de arraigadas tradiciones locales sujetas a una rígida jerarquía.

La banda toca de avanzadilla. Las andas con la imagen la transportan a hombros los campesinos varones. Le siguen las mujeres y los niños vestidos de traje tradicional. Detrás, funcionarios, hidalgos y comerciantes, seguidos del bajo clero con los estandartes y las reliquias. Más allá, el poder civil entre el que es notorio el traje de gala del mando de la guardia civil o el bastón de mando del alcalde. Con mueca soberbia, siguen las damas de la nobleza, los varones con título y las altas autoridades eclesiástica representadas por el mismísimo obispo de Santander.

La visita a la capital de Cantabria viene marcada por la resaca de la inauguración del Centro Botín. Los santanderinos se sienten felices con su enésimo atractivo turístico y justifican la calma con que se ha ejecutado el proyecto por el apellido del arquitecto: Renzo Piano.

Comer y viajar

Los días transcurridos permiten que el viajero adivine que su experiencia ferroviaria va tanto de viajar como de comer. En las cenas a bordo la chef del tren, Eva Valdés, ha regalado al paladar platos inolvidables como la ‘sopa de tomate con huevas de trucha’ o ‘bonito del norte confitado’. Para los almuerzos, junto a la cocina de varios Paradores, ha seleccionado restaurantes con estrella michelín: El Corral del Indianu en Arriondas (fabada), La Mulata en Santander (langostinos al horno) o Andra Mari en Galdakao (boletos con patata confitada y yema de huevo rebozada y frita).

Trans9El mayor problema de cocinar en un tren, explica Valdés, son las limitaciones de espacio. Hay que gestionar muy bien los menús especiales de los clientes. Los alimentos no perecederos se cargan al principio de cada viaje. Los perecederos, carne, pescado y mariscos, hay que comprarlos diariamente, por un lado, para que estén frescos, y en segundo término, porque los menús están diseñados para dar información y conocimiento al viajero de la gastronomía de la zona por la que atraviesan. Así en Galicia se toma marisco, pulpo y tarta de Mondoñedo; en Asturias quesos artesanos como Gamoneu, Cabrales, Afoga el Pitu o ahumados de Pria; en Bilbao, bacalao o bonito del norte, y en Castilla, lechazo.

El Transcantábrico de 1988 solo tenía una pequeña cocina para servir desayunos, y el resto de los servicios se hacían en restaurantes.

Ciudad recuperada

La guía que conduce a los viajeros por la ciudad vieja de Bilbao, en su sexta jornada, traza un antes y un después entre la ciudad industrial, “sucia gris y fea”, y la urbe “luminosa y moderna” surgida tras la construcción del Guggenheim.

La España periférica ha encontrado en el turismo, las autonomías y el auge del municipalismo su mejor aliado. No hay pueblo descuidado. Calles, edificios y monumentos lucen espléndidos. Los guías turísticos son intérpretes de la historia y reivindican para su ciudad los hitos trascendentes, los héroes valerosos, los mayores santos.

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Para ganar notoriedad, las capitales del Norte han apostado por la creación de instituciones culturales internacionales que vienen revestidas en espectaculares edificios emblemáticos: el Centro Niemeyer en Avilés, el Centro Botín en Santander y, el Museo Guggenheim en Bilbao. Ninguno de los tres existía cuando El Transcantábrico comenzó a rodar en hace treinta y cinco años.

Mar y montaña

En un traqueteo de apenas 50 kilómetros, en la séptima jornada, el Transcantábrico deja atrás el verde ondulante del Valle de Mena, para adentrarse en el llano infinito y abrasado de la Tierra de Campos. La Historia no cede, pero cambia su discurso. La iglesia románica de Santa María en Carrión de los Condes nos cuenta la leyenda labrada en piedra del “tributo de cien doncellas” que los reinos cristianos debían entregar “al moro” y de cómo la intervención milagrosa de dos toros logró su rescate.

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En Frómista quien narra la fábula de la zorra es un elaborado capitel de la iglesia de San Martin, la joya del románico palentino: “Quien te encuentra bellezas que no tienes es que quiere quítate algunos bienes”. Para la tarde queda la Villa Romana de Olmeda. La mansión del siglo IV conserva la mayor superficie de mosaico en su ubicación original.

Adiós

El peregrinar del Transcantábrico llega a término, la octava jornada, en la Colegiata Basílica de San Isidoro de LeónLos viajeros han aprovechado la convivencia para forjar relaciones que no existían hace una semana. El Transcantábrico, y los trenes turísticos en general, tienen un desarrollo de cotidianidad longitudinal. Si los coches de camarote o ‘suite’ están enganchados al comienzo de la composición, a los coches salón o comedor no le queda más remedio que situarse a la cola, con lo que los paseos de punta a punta son continuos. Ello provoca incontables cruces entre pasajeros en los estrechos pasillos, que los más extrovertidos aprovechan para cultivar el plato fuerte de esta experiencia: las relaciones humanas.

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A la hora de la despedida parece que los viajeros llevaran toda la vida juntos. E incluso es probable que coincidan alguna vez en el futuro.

Antonio Ruíz del Árbol es Periodista@adelarbol

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