Huelva, un muelle muy industrial

Huelva, un muelle muy industrial

Es fácil decir que la industria y el turismo son conceptos contrapuestos, antitéticos. ¿A quién le apetece pasar unas horas en una fábrica? Claro, el sudor y el trabajo son lo contrario del ocio. Pero no es así siempre. No hay ninguna actividad humana que no pueda conmover nuestro ánimo, y el impulso transformador material puede llegar a ser tan poético como la más grande sinfonía. Pero también hay quien no se conmueve con Bach.

Huelva no figura entre los destinos más solicitados por los turistas. No hablamos de sus playas ni de las excelencias gastronómicas de una provincia que tiene en su haber cumbres del sabor como el jamón ibérico, la gamba blanca y las coquinas, entre otras. Es su capital la que seguramente no ganará nunca un concurso de destinos deseados por los viajeros.

Pero no hay ciudad sin encanto, no existe el lugar en el que no haya nada que admirar, o simplemente mirar durante un rato. Y Huelva tiene una maravilla hecha por el hombre y por el trabajo del hombre, creada para su sustento y su riqueza, una obra que durante su vida no pretendió nunca ser objeto de admiración. Y sin embargo…

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Ahí abajo, en un extremo de la ciudad, donde Huelva se echa definitivamente al río que da a la mar, se encuentra el Muelle del Tinto, que en realidad está sobre el Odiel, y que era la terminal ferroviaria donde se descargaban los materiales mineros extraídos por la Riotinto Company, que cambió por completo la historia de la ciudad e hizo de ella una capital cuando la empresa inglesa se hizo cargo de la explotación de las minas.

El muelle, construido entre 1784 y 1786, recibía los cargamentos por una vía férrea que prolongaba la línea desde la estación hasta más de un kilómetro de longitud y se adentraba unos 500 metros sobre el río, donde descargaba su preciado material en los barcos. Ahora ya no, ahora esta obra que fue revolucionaria en su tiempo y que sostenía trenes de mercancías y de minería con tramos de hasta cinco vías férreas, tiene una función mucho más lúdica.

Abandonada su labor minera en 1975, y todavía en fase de restauración, ahora es lugar de paseo para los onubenses y sus visitantes y, cosas de la historia, uno de sus principales atractivos turísticos, declarado Bien de Interés Cultural, con sus toneladas y kilómetros de vigas, pórticos y travesaños de madera y hierro, como un magnífico ejemplo de lo que se llama arqueología industrial, pasmo ante lo que el ser humano es capaz de hacer. Como paisaje, es incomparable sobre todo al atardecer sobre la ría, mientras se pasea o se toma algo desde uno de los bares del nuevo y largo bulevar marítimo ajardinado.

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La Compañía del Río Tinto dejó también en la misma ciudad otro ejemplo urbanístico único: el barrio de La Victoria, también conocido como Barrio Obrero, impulsado por la empresa para vivienda de sus trabajadores, y que ahora es un extraño caso de urbanización de estilo inglés que se eleva en un cerro junto al casco antiguo. Como un extraño remanso.

M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”

Más información para viajar a Huelva aquí.

 

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