Valladolid de repente brilla

Valladolid de repente brilla

A fin de cuentas, el objetivo de nuestra visita a Valladolid ese invierno era ver a unos amigos. Si no, es probable que ni siquiera nos hubiéramos acercado. Hace muchísimos años también habíamos viajado a la ciudad castellano leonesa a ver a otra amiga, qué cosas, y entonces no nos pareció una ciudad demasiado atractiva. De hecho, no figura entre los lugares con más tirón de Castilla, rodeada y oscurecida a lo mejor con justicia por vecinas tan llamativas como Salamanca, Ávila, León, Burgos y Segovia. Pero a todo hay que darle al menos una segunda oportunidad. Como habíamos quedado con los amigos por la tarde, y el hotel estaba en el centro, lo mejor que se podía hacer era conceder esa segunda opción a la ciudad que por algo fue incluso capital de España.

Lo primero fue el ritual que está marcado para las visitas a las poblaciones de Castilla: ir a la Plaza Mayor. Y encontramos un recinto muy cuidado, de fachadas coloreadas, soportales con columnas y un señorial Ayuntamiento con recuerdos de reyes famosos y señores rebeldes. Al lado justo de la Casa Consistorial encontramos un templo del comer modesto y eterno: Casa Tino. Preguntamos para entrar: sí, tenían una mesa para nosotros, pero nos hicieron una advertencia. “Sólo tenemos un menú -nos dijeron-, huevos fritos con patatas caseras, ensalada de escabeche, y una fuente con torreznos y chorizo de olla para empezar” ¡Vaya problema! Nos entusiasmó la idea. Y después nos entusiasmó más aún el resultado de mojar pan y papas, con un par de copas de vino. Fantástica comida, barata, sabrosa y de siempre. Estupendo almuerzo que nos invitaba a la siesta.

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Afortunadamente nos resistimos a la tentación, porque había divisado desde la Plaza Mayor un pórtico con un arco altísimo de piedra clara, y me había determinado a acercarme. Afortunadamente. Era el pórtico frontal de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real. En realidad, una torre pórtico añadida en el siglo XVI por Gil de Hontañón al templo gótico anterior. En realidad, una maravilla altísima y grandiosa, un espacio asombroso creado bajo una bóveda y entre dos torres. Me di el gustazo excéntrico de entonar a voz en grito y con algo de fortuna una canción napolitana y bajo aquel arco de acústica extraordinaria sonó casi bien. Una mujer que pasó por la solitaria plaza sonrió complacida, y me animó a seguir. Pero no, mejor no.

El paseo siguió en busca de dos fachadas maravillosas santificadas por sus nombres: San Pablo y San Gregorio, cumbres del estilo isabelino, ese desarrollo manierista del gótico que tanto impulsó la Reina Católica. El día estaba gris, pero la piedra labrada, cincelada y retorcida de las dos puertas monumentales, muy cerca el uno del otro, brillaba por sí sola. Quizá era la muestra de un país que empezaba a ser rico, con la unificación del reino y el descubrimiento de América. Quizá.

Y después quisimos pasar por delante de la catedral, una mole sobria de piedra, en cierta forma hermosa pero inacabada e indefinida. Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial, la pensó. Nos gustó en su enormidad. Y la fuimos dejando atrás mientras por fin nos encaminamos al hotel, a descansar un poco y esperar a nuestros amigos, conocidos en el calor griego y reencontrados en el frío castellano de una ciudad que guarda verdaderos tesoros, pero desperdigados, escondidos entre desaguisados urbanísticos, e injustamente desconocidos. Nos quedamos con las ganas de ver el Museo Nacional de Escultura, cerrado por la fiesta. Pero para glosar sus maravillas ya vale con lo que otros muchos han visto y escrito, acompañados de su autoridad para hacerlo.

Texto y Fotografías: M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”

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