El Expreso de la Nostalgia: Fats Domino, no digas que sólo fue Rock

El Expreso de la Nostalgia: Fats Domino, no digas que sólo fue Rock

Consolidado el otoño, al recibir la noticia del fallecimiento de Fats Domino, nos sacudimos el tutelaje de la nostalgia y con el fin de oxigenar nuestra memoria y estimular un tributo a su figura programamos la circulación de un nuevo Expreso de la Nostalgia.

Por razones que sí vienen al caso, como coartada perfecta, nos dirigimos a la capital de los sonidos más calientes y mestizos, con permiso de la afectividad del Jazz. Camino de Nueva Orleans, volvemos a reencontrarnos con viajeros ilustres, músicos de culto, admiradores de la obra de “The Fat Man” en el interior del tren. El viaje se convierte en una misiva a los lazos rockeros que unen para siempre. 

Los temas favoritos se abalanzan sobre la gramola y, como tal, actuamos en consecuencia. Hay canciones  que entusiasmaron a la juventud de finales de los cuarenta a los que no da miedo retornar. Este primer sencillo le convertiría inapelablemente en estrella a través del sello Imperial. Así empezó todo.

Bajo una extensa bandera rockera enlazamos el segundo tema, sonidos que van y vienen, con alterado vaivén, a través de la bahía del río Mississipi, mientras nos convertimos en “apropiacionistas” y devotos de este ritmo único en su género. En su quehacer musical operaba un saludable fuego cruzado: la visión más energética del Rhythm and Blues y la sensibilidad Pop, en forma de conexión rockera, para crear un éxito que más tarde se convertiría en una de las canciones favoritas de John Lennon

Era infinita la tribu de adoradores de Fats Domino durante los años cincuenta y principios de los sesenta. Imagino que ese amor incondicional era auténtico al traducirse en  65 millones de discos vendidos. Sólo superado por Elvis Presley. Su música ejerció una volcánica influencia. Gracias a la audacia de su maridaje musical existe un antes y un después. 

El bueno de Fats Domino se las ingeniaba para que nada sonara a impostado, su jerga pianística, heredada de los héroes del jazz , el Boogie-woogie y sus claves vocales eran una muestra habitual en sus actuaciones en directo. 

Hay canciones que poseen un lugar privilegiado en la discoteca sentimental. Y otras que (im)perdonablemente olvidamos. Pero hoy, la discoteca particular, ese refugio del viajero musical nostálgico, está felizmente repleta de grandes temas. 

Con asiento fijo en el panteón de los dioses, aunque para algunos pertenecía a una especie menos protegida del Rock, sus interpretaciones televisadas fascinaban a perpetuidad a los jóvenes espectadores que seguían los shows durante los fines de semana.

Las subjetividades son infinitas en el mundo del rock, pero cuando se habla de Fast Domino, la unanimidad  es incuestionable. Música poderosamente existencial, con inimitable clima artístico e  imágenes a los mandos del piano que perduran en la retina. Demasiado grande, sin duda,  incluso como para restringirlo a su valor coyuntural de una época pretérita del Rock. Y para muestra dos temas y sus versiones correspondientes de la mano de los inconmensurables B. B. King y Ry Cooder. Con la guitarra como ilustre viajera.

Fats Domino ocupó, por momentos, una incómoda posición, en tierra intermedia, durante la transición del Boogie-woogie al R&B. Grande entre los grandes de la música popular. Nuestro ilustre viajero lograba convertirse en el centro del universo de Rock a finales de los cincuenta y lo hacía a expensas de una fascinante canción que versionan en esta ocasión Allen Toussaint y  Paul McCartney:

Fichado por el sello californiano Imperial Records forma  tándem con Dave Bartholomew, trompetista y productor que le ayudaría a componer muchos de sus primeros éxitos, como el que un ferviente admirador llamado Elvis Presley llevó a la cima. Lo siento, sin títulos de crédito, el Rey hoy descansa. En este caso la versión corre a cargo, de una joven, pero experimentada, cantante británica que viaja  en el Expreso.

Hay artistas que, incluso camino del éxito, ignoran estar destinados a encontrarse un día. Puede ocurrirles cualquier anécdota durante su carrera y seguir caminos musicales divergentes, pero cuando llegue el día, irremediablemente se juntan aunque sea en un disco tributo

La fórmula era sencilla: Boogie woogie· ralentizado, Blues acelerado, todo cantado con calidez y picardía en píldoras de dos minutos y al final… todo el mundo a bailar. El Rock primigenio comenzaba a asomar la cabeza.

Las incontestables versiones se convierten en un auténtico bálsamo. Con la próxima canción se establecen lazos afectivos con el legendario Bluesman, Buddy Guy, la voz de Joss Stone y la mítica Dirty Dozen Brass Band de Nueva Orleans.  

No debemos olvidar que corremos el riesgo de incurrir en prejuicios y descuidos, si obviamos excelentes versiones dotadas de la legitimidad musical del maestro Willie Nelson que participó en el último disco homenaje a “The Fat Man”.

Hay temas que son como un espejo capaz de medir el pulso rockero de nuestro paladar musical. Envalentonados por la resonancia del tributo abrazamos con fervor la llegada de esta canción.

La excelencia de su piano y su permanente demostración de vitalidad vocal no son dos características disociadas sino complementarias. La armónica simbiosis atrapa de esta manera a sus entregadas fans.

Al margen de los gustos musicales, toca  dejarse llevar por el consejo del mismo Rey de Rock, Elvis Presley, y la veneración manifiesta que tenía hacia Fats Domino. La empatía natural se generaba sin descanso.

A pesar de vivir en la intimidad de la injusta memoria musical, nunca dejó de formar parte del Olimpo artístico como músico de culto. Su influencia  sería capital no sólo entre los devotos del R&B, sino en estrellas musicales como The Beatles. A veces las casualidades vitales se unen para lo (im)probable; Fast Domino protagoniza un articulada versión de una  magnifica canción, entusiasta y reveladora de la admiración que su autor Paul McCartney mantuvo hacia la carrera del músico de Nueva Orleans.

Amparados ante la llegada a destino, la satisfacción flota en el interior de los vagones. El discurso final musicalizado lo protagoniza:

En sus casi noventa años tuvo ocasión de ver todo lo posible y lo que ya nunca será probable. Hasta sufrió en primera persona la devastación del huracán Katrina en su  barrio natal.  El inaplazable homenaje a este pionero llega a su fin. Al pisar el anden de la memoria observamos que su feeling era indudable.

El viaje supera todas las expectativas. Y acertamos a sintetizarlo en una sola frase; 89 años dan para mucho. Hasta Siempre.  

Tino Carranava  es Periodista  / @tinocarranava

Fotomontaje locomotora:  Amparo Domingo / Manuel Magán

Comparte y disfruta:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *