Sintra, la princesa pretendida

Sintra, la princesa pretendida

Es inevitable. La belleza atrae, y Sintra fue concebida, diseñada y arreglada para gustar. Desde el enclave boscoso con avaricia, y accidentado de una manera civilizadamente salvaje, hasta sus fachadas de aire centroeuropeo de postal. Porque en Sintra se da el efecto ideal de la obra humana, que es cuando el trabajo del hombre mejora el de la naturaleza. La ciudad portuguesa, a un tiro de tren de la capital Lisboa, está rodeada, acosada amablemente, es decir cortejada, por los bosques y los montes que la favorecen con un microclima casi tropical. Y en medio de esa corte de pretendientes se encajó para dejarse querer. Desde que nació, seguramente creada por un dios amable y generoso, y desde que los reyes, nobles y comerciantes portugueses la dotaron como a ninguna, el cortejo se mantiene amable, gozoso y se diría que a ratos tierno, como esas historias que a todos nos gustan, lo confesemos o no.

Tal vez por todo eso, y por algo que no se pensaba siquiera en los remotos tiempos en que los iberos tenían allí sus lugares de culto o los árabes construyeron el altivo Castelo dos Mouros, las redes sociales y el turismo masivo, Sintra se encuentra en estos tiempos más asediada que nunca. Es natural, nadie va a los sitios feos si no es por equivocación. Durante el día, la villa es un hervidero de gente; turistas de toda condición suben y bajan por sus callejas adoquinadas, hacen cola esperando el autobús que los sube hasta el increíble Palacio da Pena o para adentrarse en los monumentos, y abarrotan los restaurantes y tiendas de recuerdos. Tienen motivos, todo lo que se ve, ya sea a pocos pasos o lanzando la vista a los picos y los valles verdes, es hermoso: los edificios románticos que la hicieron parecer una aldea alpina allá por el siglo XIX, los palacios llamados quintas, rodeados de jardines exuberantes; las residencias reales como el Palacio Nacional con sus cónicas, e icónicas, chimeneas.

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El Palacio da Pena, situado en unas alturas delirantes, es una locura absoluta de un arquitecto alemán por encargo del marido de la reina María II, como un castillo encantado que hubieran trasplantado desde los bosques y lagos de Baviera hasta Portugal, pintado en colores amarillos o rojos, lleno de almenas, pasadizos y estancias suntuosas. No hace falta que se lo describa, está en todos los folletos, postales y guías. Sí les puedo confesar que desde que uno entra por el arco que rodea el castillo siente una alegría casi infantil por el derroche de imaginación libre, por esa reinterpretación casi alucinada de una fortaleza medieval de cuento. Es de suponer que se inventó así para solaz de los reyes, y ahora nos dejamos llevar y disfrutamos como niños, democratizando el disfrute a cambio del precio de la entrada. Bien está.

De noche, cuando los autobuses turísticos huyen raudos hacia sus hoteles en Lisboa o en algún centro playero cercano, o hacia el crucero atracado en el estuario del Tajo, pocos visitantes permanecen en el pueblo. Sintra recupera entonces su aspecto y su aire de localidad portuguesa, inevitable, y quizá voluntariamente, melancólica, aumentada por la asidua niebla crecida con la altura y los bosques. Y también así es, tal vez más aún, inevitablemente bella.

Texto y fotografías: M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”

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