Sorteo a bordo

Sorteo a bordo

Categorizamos los viajes según las experiencias vividas. El sorteo extraordinario de lotería nos despierta un sentimiento solemne que se funde en la tradición navideña. Los coleccionistas de aventuras imprevisibles deberían vivir al menos una situación como ésta.

La historia de la lotería de navidad está escrita con hilos de alegría. Una explosión de deseos compartidos se refleja en los rostros de los viajeros. La liturgia del sorteo se vincula automáticamente, mientras se amplifica, por momentos, en directo en el tranquilo vestíbulo. Estamos en la cuenta atrás, los murmullos loteros del checking llegan hasta el andén donde la letra de la banda sonora es rotunda: “¿Llevas mucho este año? No lo quiero ni pensar. Como siempre, una barbaridad”.

El reloj pasa de las 10.00 horas y el tren sale puntualmente de la estación de Castellón. Escuchar el sonido anunciador del movimiento de los bombos es la tentación de cualquier 22 de diciembre. El seguimiento del sorteo extraordinario en el interior del tren es innegociable. El uso de móviles y tablets se expande y se mezcla entre el pasaje para sofocar la ansiedad informativa.

El interior del tren se convierte en un cóctel no desdeñable de ilusión, nervios y sueños. Un punto de partida tan evidente pide a gritos colaboración entre los viajeros. Un hombre quizás perteneciente a la cofradía de San Idelfonso, con vocación de realismo navideño, nos recita un cuarto y quinto premio madrugadores. Está claro que no se puede tener complejos. Quiere hacer historia en riguroso directo. Una decisión que tiene mucha miga entre el resto de viajeros. Que tiene talento es indudable, aunque la particular retransmisión tiene riesgos.

La reencarnación del espíritu de los niños de San Ildefonso ayuda a la cohesión de los viajeros. La singular cobertura con retardo del sorteo, se convierte en un hit que recorre con humor todos los coches del tren. Vivimos en carne propia el topicazo navideño. Los rostros de los viajeros, como prueba palmaria de ansiedad, se convierten en la presunción constatada de querer conocer en qué número terminará el gordo. 

Los dimes y diretes de los viajeros que pueblan el coche son constantes. “Si me tocara…hoy mismo no iría a trabajar, es que ni me despido”.

Pues va a ser que no. El instinto de supervivencia se impone “con recuperar lo jugado ya me conformo”. “Salud y trabajo”. La sabiduría popular al cuadrado. Los supersticiosos quieren desconectar. Buscan la ecuación perfecta para un sorteo a ciegas y nada mejor que un viaje.  Se niegan a consultar los premios. Al fondo una pareja confirma que no lleva ningún número. “Detestamos el juego”. Pasapalabra. Mientras surgen las dudas. Un viajero pregunta con vehemencia visual “Y Hacienda, ¿cuánto se queda?”.

La suerte cambia igual que las formas de entender los viajes en tren. El pinganillo no se mueve permanece unido al auricular. Cada décimo está descrito en una canción de fácil recuerdo …28243. Mil euros…. que traza sueños invisibles. El cogollo principal de los premios del sorteo se resiste hasta última hora.

Una abuela viajera, enfermera jubilada, nos descubre su secreto mejor guardado: “En 1989 me tocó el gordo en Valencia” y nos declara su mayor deseo: “Que esté muy repartido”. El primer premio se hace de rogar. Aunque las ventanas han sido pensadas para admirar el paisaje.

En el coche donde se sigue el sorteo, tan importante es observar como ser observado. Volvemos a tomar el pulso … cuando un ligero grito nos obliga a la atención debida. Ha salido el gordo. Atacados preguntamos qué número…y la terminación.

El décimo premiado despunta claramente de la voz del locutor espontáneo que se funde con el anuncio de próxima estación València Nord. El rito del sorteo de Navidad se ha completado, mientras el vecino de asiento sueña despierto cómo revertir las ganancias de la terminación lograda.

Al final llegan los premios. Una avalancha  de fortuna se diluye entre miles de ganadores que verán cumplido sus sueños. Para la mayoría de nosotros el viaje de la lotería volverá a empezar. En busca de la suerte que nunca sobra en la maleta.

Otra vez será. Sueños perennes e ilusiones longevas son renovados automáticamente al final del trayecto. La reconciliación natural se concreta en el próximo sorteo de El Niño.

Todo encaja para que el viajero se zambulla entre el gentío que abarrota el vestíbulo principal en busca de la administración de lotería. 

Decía Henry Miller que nuestro destino nunca es el lugar, sino una nueva forma de ver las cosas. Y hay viajes que te hacen ver la lotería de manera diferente.

Tino Carranava  es Periodista  / @tinocarranava

Fotomontaje:  Domingo Pérez 

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