Alcalá de Henares: Complutum, Cervantes, Quevedo, Lope de Vega…

Alcalá de Henares: Complutum, Cervantes, Quevedo, Lope de Vega…

Antigua, muy antigua eres.  Los celtíberos te llamaron Iplacea, los romanos te dieron un nombre mucho más a su gusto y quien sabe si más ajustado a tu realidad, Complutum, el lugar donde “confluyen las aguas”. Y es que por ahí por donde pasan los cauces del Henares, que por cierto te pone apellido, del Camarmilla y del Torote, se inició tu esplendor. No en balde eras para Roma una población por la que pasaban hasta 23 calzadas. Importancia que también supieron reconocer siglos más tarde los árabes, que te pusieron nombre, Al-qal-a, esto es, “el castillo o la fortaleza” cuando se trasladaron al otro lado del río, al cerro que domina todo el valle, toda la vega. Y después los cristianos te devolvieron al valle, envolviéndote con sus murallas guardando celosamente todo tu saber, manteniéndose vigilante  con el camino de Madrid.

Nada perezosa, agitadora de una masa estudiantil ferviente,  culta, capaz de captar la sapiencia de la época, juerguista, divertida, viviendo a la sombra de los colegios mayores creados por tu Universidad, la Universidad Complutense del Cardenal  Cisneros, competidora de la de Salamanca, pero con un haber mucho más prolífico en la época humanística del Renacimiento y en nuestro siglo de Oro. Allí surgió la Biblia Poliglota. Estuvo Nebrija y su Gramática… Todo el saber se reunió en el entorno de sus aulas.

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Tus callejones supieron de las pendencias de Quevedo, de los amoríos de Lope de Vega, de tantos y tantos españoles ilustres e ilustrados. Sin olvidarnos del escritor más universal, de Cervantes, que si bien no se sabe a ciencia cierta si nació o no en una de tus casas, si hay registro de su bautismo en la parroquia de Santa María la Mayor el 9 de octubre de 1547.

Alcalá. Tradición y cultura se dan en tu seno la mano, y de esa tradición y cultura han emanado muchas leyendas y muchos hechos históricos protagonizados por alcalaínos universales. Alcalá de Henares o quizás habría que decir Alcalá del Henares, pues el río te dio su vida, ese río de aguas ahora turbias, en cuyas orillas arboladas aún se puede escuchar a Lope o a Quevedo recitando a alguna moza alcalaína sus versos de amor.

Hoy me he puesto la gorra granate amplia para recorrer tus calles. Yo, si hubiese nacido en tu época de mayor esplendor universitario, sería, seguramente, un “capigorrones”, uno de esos estudiantes de clase humilde que costeaba estudios haciendo recados a los demás, o llevando los mensajes de Quevedo o Lope a sus conquistas, y quien sabe si participando en alguna de sus fiestas y duelos.  Por ello he querido comenzar el paseo junto al Convento de Santo Tomás, para pasar por la histórica Hospedería del Estudiante, donde, precisamente de estudiante, tomaba unas migas y unos picatostes con chocolate, que ahora, que no debo tomarlos por razones que no vienen al caso, aún me relamo con el pensamiento.

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Quiero pasear por las calles empedradas de las que ya no quedan muchas, aunque Alcalá se ha modernizado, ha crecido, pero no ha perdido ese sabor local que encuentro al darme de cara con la Plaza de Cervantes, verdadero centro de la población. Desde allí no hay más remedio que buscar el centro del saber, el Paraninfo de la Universidad, una de las joyas monumentales de la ciudad,  de estilo Cisneros, llamado así por ser quien lo impulsó, y que combina  elementos mudéjares con otros más sencillos y efímeros. Cruzando de nuevo la plaza quiero recorrer la calle de soportales más larga de su tipo en conservada en Europa, donde las vigas de madera desafían el tiempo. Es la Calle Mayor. ¿Qué me contarían sus piedras si tuviese tiempo para escucharlas? Pero no lo tengo quiero seguir mi paseo, y sin embargo debo detenerme un instante.

Un olor especial me vuelve a hacer recordar mi infancia, son las almendras garrapiñadas. Hummmm…

Casi al final de la calle el gran protagonista es mi admirado Cervantes, allí se anuncia su “Casa”, ¿sería la suya? ¿es una reproducción de como sería? Que importa, lo interesante es saber que nuestro ilustre escritor pudo vivir en ella o en otra semejante.

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La Catedral, donde se guardan las reliquias de los niños Justo y Pastor, martirizados en época romana, y donde además están los restos de Cisneros. Iglesias que visitar por doquier. Murallas que rodean una parte de la población recordando que fue un enclave militar importante en la Edad Media. Y en su proximidad,  el Museo Arqueológico Regional, que ocupa una parte del convento dominico de la Madre de Dios, del siglo XVI.

Cae la tarde y con las primeras luces de la noche me siento en un banco de la Plaza de Cervantes, cierro los ojos para asimilar la belleza que he podido apreciar, y a mis oídos llega una fuerte algarabía. Abro los ojos y a mi alrededor no hay nadie. Los vuelvo a cerrar y de nuevo escucho esos cantos de alegría que provienen de la zona del paraninfo, de los edificios que albergaban colegios mayores, y ahora lo entiendo. Son los estudiantes que me quieren despedir con sus canciones. Ahí están, seguro, desde los “camaristas”, hasta los repetidores y dotrinos. No puedo por menos que quitarme la gorra granate y lanzarla al aire y gritar un “hurra” y un “viva” sin importar que alguno de los paseantes me mire con cara de extrañeza.

J. Felipe Alonso es  Periodista y Escritor, estudioso de leyendas y costumbres.

Si quieres visitar Alcalá de Henares en tren, tienes varias opciones:  visita guiada en grupo, visita individualTren de Cervantes o por tu cuenta en Cercanías Madrid.

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