Quini, Pichichi de afectos eternos

Quini, Pichichi de afectos eternos

Dicen que rendir homenaje es una forma de gratitud. Las deudas del corazón deportivo se pagan y obligan más que nunca. En el último suspiro del frío epílogo de febrero: Valencia, 7.40 de la mañana, vestíbulo de la estación Joaquín Sorolla, observo a cuatro viajeros con bufandas del Sporting de Gijón, dispuestos a viajar, en el tren Alvia que une la capital del Turia con el Principado de Asturias, para rendir homenaje a la leyenda del Brujo.   

Todos los aficionados al futbol tienden a tomar sus  deseos por realidades. Por mucho que haya y vengan grandes estrellas hay cosas que siempre perduran, como el cariño a los ídolos locales. Su única patria deportiva es la fuerza de los acontecimientos que les empuja a no capitular en el amor a sus colores y el recuerdo imborrable a la grandeza humana de irrepetibles deportistas como Enrique Castro, Quini.

Transcribo con una sonrisa de esperanza desde el andén de la estación de Joaquín Sorolla al ver alejarse el Alvia con destino a Gijón. Ni siquiera en este tiempo de fibrilación mediática la movilización al funeral de Quini se improvisa. Este viaje homenaje de anónimos aficionados tiene un valor extra cuando el recuerdo del futbol de antes está a punto de perecer. La nostalgia deportiva regresa de un duro exilio convencida que vuelve a ser su momento. Rematador incansable de afectos, sin ningún fuera de juego vital. Por esto mismo no son insólitos los actos de veneración cotidiana hacia su figura. Un día como hoy no es necesario huir de las excelencias pregonadas hacia Quini siempre respaldadas por los hechos.

Quini-espectacular

La conversación en la barra de la cafetería del andén se convierte en una estafeta de afectos y recuerdos a su figura. La emoción se desata cuando se observa desde la televisión un sinfín de imágenes de sus goles. El escrutinio de la improvisada tertulia desemboca en un premio eterno: Pichichi de afectos, quizás el más difícil de conseguir, la “Champions” del señorío o el Balón de Oro del cariño popular. Aunque somos conscientes que ninguna lógica frena pasiones y afectos, los aficionados viven atrapados en la burbuja del recuerdo que colapsa la memoria.

Historias futbolísticas esculpidas en el corazón, goles irrepetibles, detalles ejemplares. En suma, lecciones del paso de su existencia por el futbol y la vida por convicción y quijotismo. Se silencian la persona pero no su biografía. Ese alarde de genuina buena gente, que convertía los malos momentos en esperanza y el fracaso deportivo en una victoria.

Parafraseando a Concepción Arenal:  “el mejor homenaje que puede tributarse a las personas buenas es imitarlas”. Pues eso. Con el balón y el corazón se anda el camino. El gasto energético de la nostalgia y la carga muscular acumulada de los recuerdos no impide que de manera armónica inicien el viaje en el Alvia, tristes pero emocionadamente  convencidos de su deuda, para darle el último adiós a la leyenda. Pero el tiempo es viajar y el recuerdo siempre se comporta de la misma manera a través de la memoria. Algo suena al final del destino.

Quini

Los viajeros anónimos quieren hablar: “Ahora Quini, ahora, ahora…”

¡Puxa el Brujo y hasta siempre, Pichichi de afectos!.

Tino Carranava  es Periodista  / @tinocarranava

Comparte y disfruta:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *