Toro, colores contra la niebla

Toro, colores contra la niebla

De Toro recuerdo el frío invernal agravado por una neblina no demasiado espesa pero sí insistente; recuerdo haber entrado por un arco bajo una torre esbelta, que luego supe que se había nombrado de manera no muy original como Torre del Reloj; recuerdo una Plaza Mayor porticada pero no cerrada como es uso en tantas poblaciones castellanas; recuerdo el nombre del pueblo, tan rotundo como lo que significa, es difícil encontrar un nombre tan redondo como sus dos ‘oes’ dominantes; y recuerdo sobre todo, parado en esa Plaza Mayor, una imagen al fondo de la calle, una construcción altísima que dominaba todo sabiendo que lo dominaba todo, desde su entramado pétreo de arcos, picos y torrecillas. Era el cimborrio de la Colegiata. Aunque no estuviéramos en Toro precisamente para verla, habríamos dirigido hacia él nuestros pasos. Incluso a un visitante inadvertido le habría resultado imposible resistirse a la llamada.

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Cimborrio viene del griego kiborion, que significa ‘flor del nenúfar’. O sea, que ya sabemos a lo que se parece esta cúpula que cubre el transepto de la colegiata románica. O no, pero queda una imagen preciosa.

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De todas formas, aunque la belleza externa queda patente nada más acercarse a la iglesia, con su feria de cúpulas y ábsides, y el interior románico no decepciona,  la joya está escondida bajo un techado en el interior, aunque en realidad estaba pensada como entrada. Se trata del Pórtico de la Majestad, que para nosotros fue un descubrimiento en su momento y que ahora, suponemos, es visitado por cientos de personas como todo.

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Pero entonces, aún ignorantes previos de su belleza, caímos rendidos ante esa exhibición de arcos góticos superpuestos y maravillosamente labrados… ¡y pintados en colores! Como debía ser en la Edad Media, como debían ser la mayoría de esas obras y cómo sólo alcanzamos a imaginarnos cuando alguien hace una recreación virtual. Pero no, no era una recreación, era el Pórtico en toda su majestad polícroma magníficamente conservada y, supongo, restaurada. Particularmente emocionante es la representación de 18 músicos con sus instrumentos de la época. Emocionante… y educativa.

Desafortunadamente, entonces no permitían hacer fotos a esa obra de arte, pero ahora es fácil verlas en ese archivo común de todos que es internet. Pero qué quieren que les diga: es mucho mejor in situ. Acudan entonces, pero tengan la precaución de hacerlo fuera de temporada y, ya puestos, en un día frío en el que la neblina agrande la perspectiva de esa maravilla arquitectónica, allá al fondo de la Calle Mayor de Toro.

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Texto y fotografías: M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”

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