Fotogramas del corazón. Fue en ese cine, ¿te acuerdas?

Fotogramas del corazón. Fue en ese cine, ¿te acuerdas?

La noche de los Oscar sobrevuela en la memoria como un acontecimiento reposado que abandera eternas proyecciones. Se convierte en un refugio para cinéfilos nostálgicos. No hay jornada que no sueñen con volver a deslizar sus ojos por la legendaria pantalla del cine de La Encina (Alicante).

El presente más inmediato, durante la ceremonia, nos devuelve al pasado. La nostalgia avanza con credenciales vitales, en busca del recuerdo, 90 años atrás. La relación entre el Circulo Recreativo Encinense y el cine  viene de lejos. La alfombra roja nos garantiza el avistamiento de míticos largometrajes.

Suele hablarse de cine mudo, de la época silente, y esto no es del todo exacto, aunque es cierto que las proyecciones mostraban imágenes en movimiento, sin sonido alguno, estas iban acompañadas por la imprescindible banda sonora, sin tomas falsas, interpretada por la Rondalla de La Encina. La genialidad de Buster Keaton, Harold Lloyd y Charlot alimentada bajo los acordes de guitarras y bandurrias. Los recuerdos musicales suenan en total consonancia con el ambiente de especial emotividad.

LA ENCINA I - AÑO 1946

La prolífica aparición de las estrellas de Hollywood en el andén de la estación de La Encina era una constante durante los años 40 y 50. El corto paseo de las bobinas, al cruzar las vías, tras abandonar el vagón del tren Expreso, con un destino claro hacia el proyector.

Secuencias y escenas grabadas en las retinas. Personajes atribulados, como el respetado acomodador, “Botellica”, el rey del patio de butacas. El orden y el silencio imperaba a golpe de tirón de orejas, como fórmula mágica para desalojar al alborotador público infantil que imitaba con vehemencia a los indios y vaqueros de la pantalla.

La aventura empezó a finales de los años veinte en el casino del pueblo para trasladarse posteriormente al legendario cine bajo las aportaciones solidarias de los vecinos. Los sábados milagro, no es el título de una película. Un día tras la sesión, una vez que los espectadores habían abandonado el cine, el tejado se hundió.

Cine de (re)estreno, paradojas de la vida, donde al principio el No-Do no llegaba con (im)puntualidad. Las escenas cotidianas se reflejaban en el guión semanal que desembocaba en las secuencias de entrada y salida de los espectadores. Cartelera de emociones ante los estrenos, donde los dispuestos taquilleros controlaban el acceso.

Flashback nostálgico, como recurso narrativo vital, para recordar aquella sesión continua express.  Cada uno de las imágenes  se sucede en la película grabada en la memoria del proyeccionista, Luis Bolinches, quince años a los mandos del proyector y su más cercano colaborador, Juan Enrique Lorente. Amistad más allá del celuloide. A veces el largometraje, por cuestiones de tiempo, se convertía en un cortometraje. Desenlace inesperado con final abierto a varias posibilidades. Maestros del montaje, de obligado cumplimiento, descartaban secuencias de manera accidental al cortar y pegar los diferentes trozos de película con la única idea de conseguir proyectarla. Los obligados fundidos en negro y la transición entre planos, disparaba las anécdotas y la incoherencia entre secuencias.

La duración de la proyección era un tiempo de fuga, un escape de la realidad. El viejo proyector interrumpía la función al quemarse la cinta. Esos involuntarios intermedios formaban parte del paisaje de la sesión (dis)continua mientras el coxis dolorido y la imaginación acelerada coexistían en tiempo real. Travelling vecinal, donde gritar, discutir o charlar era algo común.

El vínculo entre el ferrocarril y el western fue, sin duda, uno de los más fecundos y los espectadores del Circulo Recreativo Encinense no fueron indiferentes. Basta recordar algunos de los títulos emitidos para dar por terminada la reflexión: La Diligencia, Centauros del Desierto, Murieron con las botas puestas… Cuanto mayor es el peligro, mayor es la gloria.

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Acuden con notable celeridad, a la deseada cita de la nostalgia, películas que siguen creciendo en cada nueva visión con inmarchitable poder de fascinación. El cine de La Encina fue testigo del reencuentro de Ilsa y Rick en Casablanca, de la fama mítica de James Dean, Gigante, con tan sólo tres largometrajes, del  Desayuno con Diamantes convertido en una de las películas favoritas de varias generaciones, con su narración de la vida de una Holly Golightly que siempre será en nuestras cabezas Audrey Hepburn y de sus Vacaciones en Roma con Gregory Peck. De las Historias de Philadelphia interpretada por Katharine Hepburn y Cary Grant. De la mirada de Alfred Hitchcock a través de La Ventana indiscreta protagonizada por James Stewart y Grace Kelly en uno de sus últimos papeles antes de convertirse en princesa de Mónaco

Lo que el viento se llevó, supuso una tarde entera de cuatro horas de emociones con Escarlata O’Hara erigida en una protagonista inolvidable sobre la tierra roja de Tara. Hasta se atrevieron con Cantando bajo la lluvia. Una melodía, ese Singing in the Rain, que seguro más de un vecino ha  tarareado en algún momento de su vida.

De Mogambo donde Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly en pantalla eran garantía de éxito seguro y probablemente, la comedia más venerada del Hollywood dorado. Con faldas y a lo loco, con Jack Lemmon, Tony Curtis y Marilyn Monroe, bajo la genial dirección de Billy Wilder.

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El cine, desde sus orígenes, experimentaba la capacidad de atrapar la realidad, dotarla de una irrenunciable forma de existencia, mientras estimulaba la imaginación. Las proyecciones en el histórico Círculo Encinense transportaban fotogramas hasta la retina de las emociones. En su recorrido, los colores se descomponían en sentimientos para volver a reunirse en imágenes de la vida, de la historia, del bien, del mal, de este y de otros mundos tan reales como el poder del hombre para perpetuar sus experiencias.

Como hermanos en la emoción el tren y el cine en La Encina seguían vías paralelas. Los andenes sirvieron de marco a estancias fugaces del cine mudo, sonoro, el glorioso tecnicolor, el cinemascope de la Fox, hasta el cinerama. El formato no condicionó nunca el papel protagonista de la proyección.

Aunque la pantalla enmudeció a finales de los setenta, los últimos fotogramas fueron notarios del éxito del Landismo y las (des)venturas cinematográficas de Fernando Esteso y Andrés Pajares, convertidos en Los Bingueros.

La nostalgia nos traslada a los asientos abatibles del cine antiguo, torneados en madera de roble y haya, donde se aprendía que en la vida también hay indios buenos y vaqueros malos. Y por supuesto que el largometraje vital no siempre es una película en technicolor

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El metraje de la memoria no se termina, demostrando así que ni el tiempo, ni la distancia pueden hacer olvidar aquellas sesiones que marcaron de manera sublime la vida cotidiana. El nacimiento de una pasión, el cine, que compartían todos los vecinos. Todo ello con el ferrocarril como hilo conductor de la llegada de las cintas y el legendario cine como telón de fondo.

Historias de antaño surgidas por la inmediatez de la ceremonia de los Oscar, donde los obligados títulos de crédito de este relato recogen el esfuerzo de la directiva pionera del Circulo Recreativo Encinense. Rendir homenaje es una forma de gratitud. Y las deudas se pagan. La madrugada llega a su fin, al encender la radio  escucho a Luis Eduardo AuteCine, cine, cine, más cine por favor, que todo en la vida es cine y los sueños, cine son…

Hay lugares que forman parte de nuestra vida desde siempre y a los que a veces no prestamos la suficiente atención. Han pasado noventa años del inicio de una relación profunda.

Fotogramas del corazón. Fue en ese cine, ¿te acuerdas?.

Tino Carranava  es Periodista  / @tinocarranava

Ilustraciones: Antonio García / Documentos históricos: Javier Pedregales / Juan Enrique Lorente

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