Arles, el espíritu de un loco

Arles, el espíritu de un loco

Estaría bien, pero no puede ser. Uno no puede estar dentro de un cuadro, recorriendo una calle, mirando un sembrado o sentado en un café de los que pintaron hace más de un siglo los impresionistas en Francia. Estaría bien, siempre que pudiera uno salirse cuando quisiera. Pero sin duda, se puede tener una sensación parecida, con la mínima sensibilidad y un poco más de ganas, si uno pasa unos días en Provenza, allí en el sureste del país vecino, entre las marismas de la Camarga, vigilados por el Mont Ventoux y asomándose al Mediterráneo, si no más azul al menos el más chic.

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Y el impresionista (o postimpresionista, quién puede clasificarlo) más popular, a la vez que quizá el más desgraciado, es sin duda Vincent Van Gogh, ese loco del pelo rojo que imaginamos siempre con el rostro de Kirk Douglas y sobre un fondo amarillo. O bañado en el mismo color. Se puede decir Van Gogh o se puede decir Arles, la pequeña ciudad amurallada y tranquila en la que vivió su sueño de crear un taller para artistas; la misma en la que se cortó la oreja tras una discusión con su ya nunca más amigo Gauguin; la misma cuyos rincones y paisajes pintó tantas veces, esa que dejó para automorirse pocos kilómetros más allá, en un sanatorio de Saint Rémy en Provence.

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Arles no conserva ni una sola obra de Van Gogh, pero se quedó sin duda con su espíritu. O eso es lo que queremos ver algunos cuando vamos allí, cuando hemos estado siquiera unas horas. La ciudad ha inventado varios frascos para guardar ese aire de Vincent. El más turístico es el café Van Gogh, en la preciosa plaza del Forum, que recrea la fachada amarilla de su famoso cuadro Café de noche. La cantidad de visitantes que se fotografían ante él demuestra su popularidad. Pero hay lugares mucho más evocadores y un poco menos saturados, como el paseo arbolado del Jardin d’Eté, la avenida de tumbas de la necrópolis de Alyscamps, donde se han colocado reproducciones de los cuadros pintados por el pintor holandés in situ. O, a un corto paseo en las afueras, el puente levadizo que es también uno de sus lienzos más conocidos.

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A la memoria de uno de los artistas más grandes de la modernidad y como continuación de su intención de favorecer a los artistas principiantes se creó la Fundación Van Gogh, que alberga exposiciones temporales y siempre una obra del genial pintor que no vendió nada más que un cuadro en vida y ahora rompe récords en las subastas, para beneficio de otros.

Primera provincia

Muchos siglos antes de esta explosión artística de efecto retardado provocada por un solo hombre genial e incomprendido, los romanos ya sabían que Arles y toda la zona tenían algo especial. No en vano fundaron allí su primera provincia (de ahí el nombre de Provenza) y la llenaron de ciudades, de templos, de teatros, de calzadas.

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El mejor testimonio es el impresionante anfiteatro, conocido como Les Arènes, que ahora se alza maravillosamente conservado en el centro de Arles, y que en estos días alberga además la primera de sus ferias taurinas, como una plaza de toros antiquísima.

Saint Trophime

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Los siglos no abandonaron a la pequeña ciudad, y la Edad Media dejó tesoros como la iglesia de Saint Trophime, de espectacular pórtico principal y conmovedor claustro románico-gótico.

En estos días, recorrer sus calles de fachadas y contraventanas de color pastel es especialmente agradable, antes de que llegue el alud de turistas. Además, la primavera empieza a pintar de Van Gogh los campos cercanos, haciendo amarillear los trigales y provocando esas noches en las que el artista hacía bailar a las estrellas en círculos locos con los cipreses. Yo ya lo he visto.

Texto y fotografías: M. Muñoz Fossati es Periodista. Subdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”.

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