El vicio de volver a Óbidos

El vicio de volver a Óbidos

Sí, probablemente sea un vicio ¿Qué o quién nos manda emplear un puente festivo, entrar en Portugal y subir más allá de Lisboa, más al norte, para almorzar, pasar una tarde, cenar y dormir en Óbidos, donde ya habíamos estado dos veces más? No tiene fácil respuesta esta pregunta, como no sea la evidente y ya sugerida antes: el vicio del viaje. Asumida pues esta condición, nos pusimos en marcha un viernes, muy de mañana, y a la hora de almorzar estábamos en este maravilloso pueblo, soltábamos la maleta en el hotel, donde nos recibió un hombre vestido a la que se supone era la usanza medieval, y nos sentábamos en la Adega de Ramada. Doy fe de que el bacalao a la brasa que nos tomamos era exquisito, y vino blanco de la casa bastante apreciable.

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Óbidos es de hecho un ejemplo perfecto, bellísimo y casi tópico de casco medieval, rodeado de murallas que se conservan en su integridad, con sus puertas, sus torreones y su castillo en uno de los extremos. Es de una hermosura deslumbrante, por más que en esa de momento última visita las nubes y una ligera lluvia se empeñaron en quitar luz al paisaje. Se notaba que el invierno estaba siendo duro porque las paredes blancas con sus ribetes y remates de colores azul o amarillo se estaban destiñendo. Seguro que en primavera la gente se está aplicando en pintar sus casas. ¿Por qué volvemos a Óbidos? Será porque siempre esperamos reencontrar algo y descubrir algo.

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Así pues, el objetivo era sólo volver. Y eso significaba pasear de nuevo la Rúa Direita desde la Porta da Vila hasta el Castelo, subir y bajar por las calles perpendiculares, parar en la iglesia de Santa María para descubrir sus azulejos antiguos y las hermosas pinturas de Josefa de Óbidos, extremeña y portuguesa, detenerse y caer en la tentación de degustar en algún puesto callejero un chupito de ginjinha de Óbidos, y luego comerse el vasito (copo) de chocolate, descubrir la cantidad de tiendas bien puestas que han ido surgiendo desde nuestra última visita, para turistas, para coleccionistas, y los acogedores bares con terraza para soñar el buen tiempo, dejar que se te escape la sonrisa y el beso a quien te acompaña en este vicio.

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Es verdad que a Portugal le casa bien este tono gris y lluvioso en la atmósfera. Deseamos siempre el sol espléndido, pero cuando viajamos al tópicamente llamado país hermano, ya sabemos que nos recibirá casi siempre el nublado y la amenaza de agua. También sabemos que nos sorprenderá la caída de la tarde paseando por pueblos durmientes, recogidos muy de temprano, sabemos que nos gustaría un poco más de animación, pero no sería Portugal. Y ese idioma que es como un castellano con muchas eses silbantes y hablado con acelerador a tope, salpicado de palabras que sólo nos suenan como cultismos o como vocablos españoles casi en desuso, y adornado con numerosas fórmulas de cortesía y constantes apelaciones al permiso (licença) del interlocutor. Cuando oigo el portugués, siempre recuerdo esa escena de la delirante comedia Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Enrique Jardiel Poncela, en la que los protagonistas se encontraban con un náufrago en una isla desierta, y como no sabían su origen comenzaban a preguntarle en varios idiomas ¿do you speak english?, ¿sprechen sie deutsch?, ¿parlez vous français?, y en llegando al portugués le espetaban al pobre: fala sua excelença a formosa lingua de Camoes?.

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Como recuerdos, nos trajimos de Óbidos algunos pequeños regalos y un delicado y suave disco de Mariza, la estrella del fado, y esto sólo porque su delicado sonido y su brillante voz ambientaba un pequeño rincón de la calle al salir de la pequeña tienda de música. Y porque el día lo requería y las ganas también. Después de tres visitas, no puedo ni quiero descartar volver de nuevo a este pueblo, tal vez con más tiempo, y parando de nuevo en Estremoz, en Évora, subiendo de una vez a Évoramonte, cuyo castillo imponente y redondeado nos saluda siempre desde su altura junto a la autopista, y siempre declinamos su invitación. Seguro.

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Texto y fotografías: M. Muñoz Fossati es PeriodistaSubdirector de Diario de Cádiz. Autor de ‘Un corto viaje a Creta’ (Anaya Touring) y el blog “Mil sitios tan bonitos como Cádiz”.

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