En tren por la India; de Agra a Benarés

En tren por la India; de Agra a Benarés

Cualquier religión, todas ellas, han tratado de convencer que el infierno y el paraíso son lugares antagónicos. Están situados en dimensiones opuestas y no se puede habitar en ambos lugares a la vez. Que dios y el diablo no pueden ser compañeros de piso. Pero, al menos en la India, el cielo y el infierno son realidades demasiado cercanas.

Llegué al anochecer a la estación de Agra con la sensación de haber traspuesto los umbrales del cielo, presto a abordar un tren con destino en Benarés. Había cumplido una jornada dedicada casi por entero a una de las joyas monumentales de la humanidad. El Taj Mahal es tan bello como lo pintan en las fotos. Y aún más. Logra su poder de seducción en la armonía, en la variedad de tonos de su blanco e inmaculado mármol y en el incrustado y pulido de piedras semipreciosas con una técnica ancestral de resultados perturbadores. Tesoros de esta envergadura solo pueden ser mobiliario del paraíso.

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El Taj Mahal es tan bello como lo pintan en las fotos.

El mausoleo mogol, iluminado por los rayos del sol y por la fe islámica, fue dedicado a su amada Arjumand por el emperador Sha Jahan en el siglo XVII. Exaltación a partes iguales del amor y la belleza; de la desigualdad, el expolio y de la ostentación. Seis edificios levantados con el sudor de 20.000 hombres y 1.000 elefantes para servir de morada a tan solo dos cadáveres. ¡Un supremo derroche! Y aún Sha Jahan había decidido continuar deslomando a sus súbditos con tributos para construir una séptima maravilla en mármol negro. Su hijo y sucesor Aurangzeb logró pararle los pies ‘in extremis’, encerrando en una jaula dorada hasta el resto de sus días a aquel tirano del amor y la belleza.

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La variedad de tonos de su blanco e inmaculado mármol.

Hoy el Taj Mahal es una fuente inagotable de ingresos para la capital del estado indio de Uttar Pradesh, con tres millones de visitantes al año. Pero tal cálculo no entraba en la ecuación que permitió la construcción una obra inspirada por dioses, pero esculpida en ausencia de empatía por el peor de los diablos.

El viaje

El ferrocarril de la India tiene su autorretrato en el espacio cerrado de las estaciones. El hervidero del edificio terminal de Agra es la viva representación de una movilidad tan masiva como caótica (63.140 kilómetros de vías y 5.000 millones de pasajeros al año). Una muchedumbre apelotonada, impasible, aguarda la salida de trenes impredecibles. El suelo se alfombra con los colores llamativos de los saris y túnicas de miles de viajeros tumbados. A ras de baldosa todas las clases son iguales. Hombres, mujeres, hindúes, musulmanes, con el solo derecho al ejercicio de una infinita paciencia. Embarcados, las castas, los géneros, religiones, se dividen entre las clases del tren. Es el sistema de refrigeración quien marca las diferencias. El aire acondicionado resulta una bendición del paraíso; el ventilador define el perímetro del infierno alimentado por el sopor del clima monzónico.

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El ferrocarril de la India tiene su autorretrato en las estaciones.

El pasajero asume que el día de viaje es una jornada definitivamente perdida… o ganada. Los 603 kilómetros de Agra a Benarés, previstos en 11 horas, se convierten en 19. Un purgatorio para muchos. Yo disfruté el trayecto en beatifica contemplación.  Más allá de la mística inquieta de nuestros contemplativos o de la iluminación impasible de los sadhus hindúes, la mía fue una paz fulminante, como la de San Virila. Ese prior medieval del monasterio de Leyre en Navarra, que disfrutó del canto de un pajarillo como si estuviera en el mismísimo cielo; creyó que había consumido un minuto de gozo; pero cuando retornó a la realidad había transcurrido una eternidad de 300 años.

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El ventilador, defensa contra el sopor monzónico en los trenes indios.

Los trenes de noche de Indian Railways son vetustos y se advierten repetidamente reformados. Coches atestados de literas con la exigua privacidad que otorga una cortina. Las horas se consumen entre innumerables chai de té negro, jengibre, pimienta blanca y leche. Infusión compartida con los vecinos de departamento; en mi viaje, una familia numerosa que llevan en tropel a un aturdido muchacho a ingresar en un colegio de secundaria de Benarés.

Festival de Shiva Aghori

Por la ventanilla, a veces a la misma velocidad que el tren, desfilan ríos de jóvenes ataviados con trajes de vistosos colores, especialmente butano. Al hombro portan estandartes realizados con papel de arroz y varillas de madera. Pasan los kilómetros y aquí el papel del pajarillo de San Virila lo interpretan vacas errantes, tan sagradas como impertinentes, y monos desvergonzados.

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Los santones cubren sus cuerpos enjutos con cenizas.

Mientras, la manifestación adolescente no decae. Son seguidores de Shiva Aghori, la divinidad más celebrada entre los jóvenes hindúes. Henchidos de fe, alcohol y porros y al grito de sonoros mantras, peregrinan hacia el baño ritual en cualquier orilla a lo largo del río Ganges. ¿Por qué almas tan nuevas eligen para su bautismo las aguas aletargadas de Benarés, la ciudad donde se junta la vida y la muerte?

Los festivales de Shiva Aghori celebran la reencarnación más contracultural de Shiva. Jornadas más desmadradas que espirituales, esconden rituales al límite de lo admisible. Los santones Aghori cubren sus cuerpos enjutos con cenizas de las piras mortuorias y no hacen ascos al consumo de la carne humana calcinada a medias en los crematorios.

Seguidores de Shiva Aghori, la divinidad más celebrada entre los jóvenes hindúes.

Es el regate con que los hinchas de la reencarnación intentan dejar fuera de juego al cielo y al infierno de las religiones cristianas. Es su manera de proclamar que la vida nunca acaba sino que solo cambia de estado. Un dogma ancestral hindú que aceptamos de mejor grado cuando Carl Sagan lo traducía a nuestra cultura: “somos polvo de estrellas”.

Benarés

Después de un día de tren, el Benarés real nos recibe en su caos circulatorio. Pitidos, frenazos y maniobras siempre al límite del atropello. India es el país con mayor número de muertes en accidentes de tráfico: más de 100.000 al año. Por su parte, el Benarés del turista ofrece un grandioso y espeluznante espectáculo en el que cuesta separar la miseria aberrante de la idolatría esperanzada. La caída del sol en el Ghat Manikarnika, a las orillas del Ganges, nos envuelve con el humo de las piras funerarias y la doctrina de jóvenes sacerdotes con vestidos dorados, más llamativos que los de las burbujas de los anuncios navideños de Freixenet. No hay ser humano que resista el imán de los colores vivos, los olores penetrantes, los suspiros fanáticos, la multitud entregada.

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Nos envuelve con el humo de las piras funerarias.

De vuelta al hotel, el Benarés de las dos de la madrugada no sabe ocultar la escena de un niño de meses desnudo, tirado en el suelo entre suciedad y vacas como locas. Es como el cartel que anuncia al espectador que se acabó la función. Que el decorado cede a la cruda realidad. Que las vacas no son dioses que reciben veneración en el paraíso, sino animales famélicos. Que a los jóvenes seguidores de Shiva Aghori se les ha agotado el subidón y deambulan sin rumbo digiriendo su resaca. Tan cerca del cielo como del infierno. Sin una expectativa próxima de reencarnación.

Texto y Fotografías: Antonio Ruíz del Árbol es Periodista / @adelarbol

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