Esta vez de anfitriona, gracias

Esta vez de anfitriona, gracias

Esta vez me tocaba a mi ser la mejor anfitriona, y descansar de viajes. Los dos amigos que tan bien me acogieron en Barcelona en el viaje que hice sola decidieron venir a Arnedo, no sé si es porque se quedaron con más ganas de amiga, porque les hablé demasiado bien de mi ciudad, o porque vinieron a cobrarse la hospitalidad. Lo que sí sé es que me hicieron caso en una cosa; vinieron en tren y decidieron dejar el coche en Barcelona, porque así no les resultaba tan cansado ni discutían por quién cogía el coche, porque, sinceramente, ambos querían cogerlo. Y digo yo, ¿por qué pasa eso de que los hombres quieren siempre coger el coche y las mujeres no?, ¡si conducen peor que nosotras! Bueno, y no se te ocurra coger el coche más que tu chico, porque todo lo haces mal, aunque hagas muchos más kilómetros al día, a la semana, al mes y al año que él, pero para qué discutir… Cierto es que esto está cambiando, porque ya los niños ven raro que papá coja el coche siempre que vamos todos juntos de viaje, cuando es mamá la que siempre lleva el coche a todos los sitios… Pero bueno, que me voy de tema, que lo que quería contar es que vinieron mis amigos en el tren de Barcelona a Logroño el viernes después de trabajar a las 15.30 horas y allí que fui a recogerlos a las 19.30 un poco pasadas como buena anfitriona, dejamos sus maletas en mi coche, (que todo hay que decirlo, parecían los baúles de La Piquer) y ya les di una vueltita por las calles Laurel y San Juan para que vieran las exquisiteces de esta tierra, y sus vinos, y porque en realidad era lo que más conocían de oídas de Logroño.

Vinieron mis amigos en el tren de Barcelona a Logroño el viernes después de trabajar a las 15.30 horas y allí que fui a recogerlos a las 19.30.

Estos empezaron bien el fin de semana. Se tomaron bien en serio eso de que no iban a tener que coger el coche en muchas horas. Y es que no se puede decir que no a un buen Rioja. Y después nos fuimos a Arnedo, pero a casa, a que descansaran, al menos yo, el día siguiente iba a ser movidito. Ya conocían a mis nenes y mi chico, pero ellos nunca habían estado en Arnedo, ni en mi casa, ni en la habitación del nene en la que durmieron con sus ositos incluidos, y los globitos aerostáticos en el papel pintado que se tuvieron que volver locos. Al día siguiente, mis chicos invitados se levantaron tan descansaditos, entre el olor a Nenuco de la habitación del peque, los peluches, y esos tonos blancos, beiges y azulitos tan pastel de la habitación se relajaron de maravilla. Y empezamos a conocer la ciudad, con niños incluidos! Ay estos pensaban que se iban a librar de mis pequeñuelos, nada nada… Se lo pasaron pipa. Subimos al Castillo de Arnedo que data de la época musulmana, y que está recién reformado, desde donde se ve todo el pueblo. Y creo que les metí una buena paliza a estos señoritos de ciudad que tienen la boca de metro debajo de su casa, subimos por las callejuelas del casco antiguo, claro, y todas cuesta arriba, (estos no sabían que normalmente los castillos se construían en las zonas altas de los sitios para controlar al enemigo?) Se pusieron rojitos, rojitos… Incluso cuando llegamos al castillo, uno dijo, ´uy… desde aquí se ve todo el pueblo´… lo damos por visto, ahora de pinchos y Riojas no? !Jajajaj! Pero no. Aún les quedaba otra sorpresa, y había que volver a callejear, pero ya no tanto… Vimos las Cuevas de los 100 Pilares. Cuevas reales que fueron excavadas en el siglo VI después de la caída del Imperio Romano. Pero esto de cansarles en realidad formaba parte de mi buen plan, por la noche íbamos a salir, sí, pero en plan más tranquilo que en Barcelona, que aquí conocen a una, y no es plan. Así que si los cansaba querrían irse prontito a casa… (Eso pensaba yo).

Subimos al Castillo de Arnedo que data de la época musulmana, y que está recién reformado, desde donde se ve todo el pueblo.

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Castillo de Arnedo.

Echamos unos pinchos por los bares del pueblo, con niños incluidos, aprovechamos un tardeo que había con musiquita en el bar de una amiga, (con niños), y ya se nos echó la tarde, claro, porque antes tuvimos que pasar por las tiendas de zapatos a que se compraran no sé cuántos pares. (Eso sí, en sus maletas cabía de todo). Fuimos a casa para que aquí mis amigos los del baúl de La Piquer se cambiaran de modelito, dejamos a los nenes con los abuelos, (¡benditos abuelos!) y nos fuimos mi chico y yo con mis amigos de la segunda capi en busca de mis amigos, para cenar por ahí en una bodega de la cuadrilla y salir un ratito… Y ahí sí que fliparon. Se dieron cuenta de que no soy la única que habla cantando ni gritando, sino que todos somos así, que aquí todo el mundo tiene o uvas u olivas, o almendrucos que el vino Rioja entra solo de verdad, y que somos más majos que majos, y buenos anfitriones.

Aquí todo el mundo tiene o uvas u olivas. O almendrucos, que el vino Rioja entra solo de verdad…

Nos dimos una vuelta por los bares del pueblo, ya se nos hizo tarde (y nada, no estaban ni un pelín cansados) pero, como no se iban a ir sin conocer todas las modas de los colegas, aunque sean ya cada vez menos asiduas y ancestrales, nos los llevamos a las pozas de Arnedillo, donde sale el agua a casi 60 grados y antiguamente, cuando éramos más jóvenes, se nos hacía de día. Pero ¡Ay amigo! Estos no sé donde se pensaban que iban cuando dijimos que íbamos a las pozas termales, ¿que si les alquilaban unos bañadores? ¿Quién? Jajajaj. ¿Y también querían gorrito? De eso nada, ahí había que bañarse en ropa interior, o sin nada, a elegir… La verdad que seguro que en el baúl llevaban bañador, y hasta neopreno si me descuido. Cierto es que no se lo pensaron dos veces, se quitaron TODO, y se metieron al agua tan rápido para que nadie les viera el ‘pompis’ que se quemaron enteritos. ¡Pero si era de noche y no se veía nada! Angelicos míos, esa rojez por todo el cuerpo que se les había puesto al subir al castillo al lado de este color era rosita claro.

Nos los llevamos a las pozas de Arnedillo, donde sale el agua a casi 60 grados y antiguamente, cuando éramos más jóvenes, se nos hacía de día.

Dormimos poquito y al día siguiente aún tenía que enseñarles joyas de la zona, como las icnitas de los dinosaurios de Enciso, donde ciertamente mis niños disfrutaron mucho más que ellos que estaban muertitos, y aún colorados del quemazón de la madrugada. De ahí fuimos a la huerta donde mi papi nos había preparado un buen asado al sarmiento, con sus chuletitas, caretita, chorizo, ajos y como no, acompañado de ese vino Rioja que en ningún momento rechazó ninguno a pesar de la resaca. Y los volvimos a llevar a Logroño, que el tren salía casi a las seis de la tarde. Cuando iban a llegar a Barcelona, a eso de las diez de la noche, me aseguraron que no se enteraron ni del viaje, en el que fueron dormidos, y me prometieron que volverían prontito porque tenían que aprender a entrar mejor en las pozas de Arnedillo. Eso sí, también me prometieron que volverían sin traje de baño.

Bárbara Moreno es Redactora en Noticias de La Rioja

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