Entre Córdoba y Sevilla. La Carlota, Écija, Carmona y Osuna.  Por la fértil campiña de la Toscana andaluza.

Entre Córdoba y Sevilla. La Carlota, Écija, Carmona y Osuna. Por la fértil campiña de la Toscana andaluza.

Es tierra de arte y leyendas, y refugio de bandoleros donde José María el Tempranillo, el Pernales, y los Siete Niños de Écija, se llevaron la palma de la celebridad. La exuberante campiña andaluza, que se teje entre Córdoba y Sevilla, en nada tiene que envidiar a la Toscana. Dibuja un paisaje de suaves lomas olivareras, llanos de regadíos, de algodón, de trigo, de girasol, de cereal, y almendros.

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La Toscana andaluza está salpicada de cortijos y ciudades antiguas, de palacios renacentistas y de bellas mansiones decimonónicas. Tierras amarillas, negras, rojas, conforman una policromía esencial en sus campos de motas blancas de algodón, amarillas de los girasoles, o del verde tierno de la remolacha. Aunque el verdi plata de los olivares es el tono dominante en la campiña andaluza.

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La Carlota

En plena campiña cordobesa aparece La Carlota, que ocupa parte del valle del Guadalquivir y de la zona de terrazas cuaternarias. Esta singular localidad se creó en 1767 debido al interés del rey Carlos III por colonizar zonas despobladas del Valle, para proteger de los bandoleros el tránsito de diligencias. Y también, con el objetivo de poner en explotación grandes zonas improductivas. Es la llamada en aquellos tiempos La Carlota Real.

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Aquí se establecieron 1 600 colonos católicos alemanes y flamencos, por lo que aún subsistan aquí apellidos, y rasgos étnicos centroeuropeos, entre sus habitantes. En sus vastos campos destaca el cereal de secano, el olivar, la viña, el girasol, la remolacha y el algodón. 

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Muy iteresante la Real Casa de Postas del XVIII, hospedaje para el servicio de viajeros y comerciantes, y de animales para la carga y transporte de mercancías. Y para no perderse, la Parroquia de la Inmaculada Concepción del XVIII, la Plaza de Abastos, y la Casa de la Intendencia, hoy sede del Ayuntamiento.

Écija

Y para colores, los de Écija, cuyos campos reflejan todos los colores posibles, e inimaginables. Almendros, olivos, colza, girasoles, trigo, limoneros, algodón, remolacha, y frutales, pueblan el extenso valle hasta donde alcanza la vista. Es tierra de caballos y bellos cortijos.

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A la ciudad, que es Conjunto Histórico Artístico, se la conoce como la Ciudad de Las Torres, por las once elevan en su perfil hasta el cielo, y las nueve espadañas que rematan sus templos. El casco urbano, riquísimo en palacios y miradores, guarda vestigios de asentamientos romanos, visigodos y musulmanes.

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La acogedora Plaza de España de Écija, escenifica a la perfección la vida cotidiana de esta ciudad que cuenta con 2 000 años de historia. Impresionante el palacio de Benamejí, sede del Museo Histórico, un bellísimo ejemplo del barroco civil andaluz.

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E Imprescindibles, el palacio de Peñaflor y su característica y colorida fachada en curva, y el de Valdehermoso. Lo mismo que la iglesia de San Francisco, Santiago, San Juan, San Gil, o Santa Ana, casi todas del XVIII.

Carmona

Carmona ofrece un excepcional retrato de la vega, una de las mejores imágenes campiñesas de la provincia de Sevilla. La sorpresa es mayúscula cuando, tras kilómetros de cultivos, surge formidable la bella e impresionante ciudad romana.

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En Carmona la referencia patrimonial gira en torno al portón de Sevilla que abre la muralla, y que desde el siglo III a.de C., cumple la misión de atalaya sobre la campiña. En la plaza de San Fernando, epicentro de la vida local, están la antigua Audiencia, el convento de la Madre de Dios, y algunas casas con balcones desde donde se presenciaban los festejos, procesiones, ferias y escarmientos públicos.

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Sorprendente la Plaza de Arriba, el antiguo foro romano, y aún más, la porticada del mercado de Abastos. Pedro I el Cruel mandó construir, sobre el viejo alcázar árabe, un fastuoso palacio en el que más tarde residieron los Reyes Católicos durante el asedio a Granada. Hoy es un Parador de Turismo con unas fascinantes vistas sobre el horizonte de la campiña.

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Cuajada de palacios, casas palacio, casonas, iglesias, conventos, capillas, plazas, Carmona es un canto a la riqueza arquitectónica civil y religiosa. Su Necrópolis Romana, descubierta en el XIX, es referencia internacional en mausoleos colectivos.

Osuna

Y hacia el sur, aparece la inimaginable villa campiñesa de Osuna, rodeada del paisaje que representa a la perfección la campiña. Ubicada sobre una colina triangular, desde ella se divisan olivares y tierra serranas con una formidable riqueza natural. 

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Osuna, con su terreno paisajístico, su Castillo, su Universidad, su Colegiata, y las torres de sus iglesias, plantea un escenario urbano totalmente integrado con su entorno. Atravesada por veredas y cañadas reales, es un destino ideal para el avistamiento de aves, ya que cada año acuden flamencos, ánsares, garzas reales y patos malvasía en su viaje a tierras más cálidas.  

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Su enorme patrimonio natural está diseñado por el Sendero la Gomera, el Sendero Necrópolis, el Río Corbones, Las Lagunas, el Sendero La Calderona, y el Sendero Ípora-Los Naranjos, sobre los que hay que perderse. La Villa ducal de Osuna es, por derecho propio, Conjunto Histórico, y su origen se remonta a la época de los Tartessos.  Su Colegiata, el Monasterio de la Encarnación, y su renacentista Universidad, hacen que se detenga el tiempo. Al igual que sus palacios barrocos, y sus caserones señoriales del más puro estilo sevillano.

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Texto y Fotografías: Irene González es Periodista y amante de la fotografía @gys_com GsComunicacion

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Hay 1 comentario para este artículo
  1. M. José at 9:41

    Gracias Irene por hacernos vivir tan de cerca este fantástico relato.
    La descripción de nuestra Toscana Andaluza es una invitación a volver una vez más a estos maravillosos parajes.

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