Pensamientos de locomotora

Pensamientos de locomotora

¡Uf!, ya he debido llegar. Esta vez parece que sí, ¡por fin…! He pasado tanto tiempo encerrada que al final ya no sabía si me iban a sacar algún día… Pero ya está, ya he debido llegar a mi nueva casa. Esta vez el viaje ha sido largo, muy largo. Mucho más que los anteriores, sobre todo el penúltimo… Bueno, pues ahora que ya vuelvo a salir de mi caja, voy a presentarme. Me llamo “60-99” y soy una locomotora Hornby de escala 0 (léase “Cero”, número, y no “O”, letra), tipo 0-4-0, que funciona con un mecanismo de cuerda.

“He pasado tanto tiempo encerrada que al final ya no sabía si me iban a sacar algún día… Pero ya está, ya he debido llegar a mi nueva casa”.

Nací (bueno, me construyeron) hace muchos años, casi un siglo, allá por los años 1920, los “felices años 20”, y soy una de las primeras locomotoras de cuerda que mi creador, Frank Hornby construyó en su taller-factoría de Liverpool. Mi creador fue un señor muy importante, ya que, entre otras muchas cosas, inventó un juguete que ha sido (¡y aún es!) muy popular en todo el mundo, el “Meccano” (se ve que se hizo tan popular, que hasta unos chicos muy simpáticos crearon un grupo musical con el nombre de mis “primos”) y además le dio nombre a una marca de trenes miniatura que con el tiempo se hizo muy famosa y fabricó muchos trenes.

Pensamientos de locomotora. Un relato de Iñaki Barrón de Angoiti.

Pero yo soy de las primeras. Soy una locomotora de cuerda. Se me mete una llave, se le da vueltas, con cuidado, eso sí, que ya estoy muy viejita, ¡y ya estoy lista! Tengo dos palancas por detrás que, al accionarlas, me pongo a andar, hacia adelante o hacia atrás, tirando o empujando los vagones que me pongan. Hasta que se me acaba la cuerda. Luego, vuelta a empezar.

Al principio me usaban mucho. Mi primer dueño fue un niño rubio, siempre muy bien peinadito, que vivía en un barrio burgués, creo que en las afueras de Londres, y la verdad es que al principio no me trataba del todo mal. Me hacía correr mucho y dar muchas vueltas a un circuito de vías en redondo. Pero pronto se cansó de mí. Se ve que no le divertía mucho verme dar vueltas y acabó por hacerme cosas no muy bonitas. Me ponía obstáculos en la vía para que descarrilara, junto con mis vagones, luego nos chutaba como si fuéramos balones de fútbol. En aquella época me salieron algunas abolladuras en mi caldera y en la cabina del maquinista y me despinté un poco.

“Mi primer dueño fue un niño rubio, siempre muy peinadito… Pero pronto se cansó de mí”.

Pero pronto se acabó aquella tortura. El niño dejó de ser niño y dejé de interesarle, así que me metieron en mi caja y me guardaron en un armario. Al pobre niño creo que las cosas le fueron mucho peor: al cabo de unos pocos años tuvo que ir a la guerra y allí murió. ¡Nunca más jugaría con trenes!

Al cabo de unos cuantos años me sacaron para hacer una “limpieza general” de la casa y me vendieron a un vecino que les tenía bastante más aprecio a los trenes pequeños. Se enteró de casualidad de que en aquella casa yo era un estorbo y les ofreció apenas unas pocas libras por mí y por los vagones y vías que me acompañaban. Mi nuevo dueño era un señor mayor, muy simpático, que me arregló un poco y me trataba con cuidado. La mayor parte de mi tiempo la pasaba dentro de mi caja y cuando me sacaba, me quitaba un poco el polvo, a veces incluso me ponía un poco de aceite, y me hacía dar unas pocas vueltas a su circuito. Era un circuito bastante grande y con muchos otros trenes de lata. Eso sí, ya casi todos funcionaban con electricidad, iban muy rápido y algunas locomotoras echaban humo y hacían mucho ruido. Eran unos trenes preciosos y me gustaba compartir vías con ellos.

Los trenes de miniatura son una joya para los coleccionistas.

Pero mi nuevo dueño murió, su paraíso de trenes fue desmontado por sus hijos y toda aquella gran colección de bonitos trenes fue desperdigada. A mí no me quería nadie, porque ya era vieja y no funcionaba con electricidad, así que al final me medio regalaron dentro de un lote que se fue a casa de un coleccionista francés de juguetes antiguos y de trenes en miniatura. En mi nueva casa de Francia estuve poco tiempo. Con el paso de los años, empezaron a ponerse de moda unos trenes miniatura más pequeños, algunos de ¡plástico!, que se parecían muchísimo más que nosotros a los trenes reales, con todo lujo de detalles, y naturalmente, funcionaban con electricidad. Decían que había comenzado una nueva era, la del “modelismo ferroviario”.

Y mi dueño, más que darle cuerda a un “cacharro” viejo que se paraba cada dos por tres, prefería pasar su tiempo libre viendo cómo circulaban sus otros trenes entre montañas, casas, puentes y todo tipo de decorados realistas, con lucecitas y adornos, todo ello teledirigido desde un puesto de control que se había montado en una esquina de su fabulosa maqueta. Y yo me tuve que marchar de nuevo… En una subasta de cosas viejas, de las que hay tantas en Francia, se fijó en mí un señor con aspecto de “gentleman” y me compró por unas cuantas monedas. ¡Una ganga!, dijo. Pronto descubrí que ese señor vivía lejos, muy lejos de allí, ¡en Australia! Y me llevaba hasta su casa como un “souvenir” más del Viejo Continente.

El viaje fue larguísimo, Al final, entre unas cosas y otras, estuve varios meses dentro de mi caja. Después, he pasado mucho tiempo, bastantes años, sin apenas salir de mi vitrina. Eso sí, he vivido como una reina, en un lugar muy luminoso del salón de una casa elegante, rodeado de otras “joyas” de anticuario: unos jarroncitos, un barco, varios coches, una muñeca, todo muy antiguo.

“En una subasta de cosas viejas se fijó en mí un señor con aspecto de “gentleman”. Pronto descubrí que ese señor vivía lejos, muy lejos de allí, ¡en Australia!”. 

Y hace un año mi dueño también murió. Los hombres siempre acaban muriéndose y sus cosas se quedan siempre aquí… Nosotras, las locomotoras antiguas de cuerda, a veces sobrevivimos, a veces no, pero las que sobrevivimos ya no funcionamos como al principio y se nos quiere por el valor que tiene lo viejo (¡cuando se valora lo viejo!) Yo me puedo considerar afortunada, porque, a punto de cumplir cien años, ¡me han vuelto a comprar!

Esta vez ha sido en una subasta por Internet. Se llamaba “La Subasta de Juguetes del Tercer Domingo”. ¡Quién me iba a decir a mí, cuando me crearon, que algún día me iban a vender en Australia, en una subasta en la que participaban gentes desde todas las partes del mundo a la vez! Ahora ya tengo la consideración de “vintage”, de vieja gloria y atraigo el interés de coleccionistas de todo el mundo, de gente que se interesa por las cosas que se fabricaban hace un siglo y que no llevan el sello de “Made in China”.

De momento, acabo de realizar un largo viaje de vuelta a Europa. Me han inspeccionado los de aduanas, pero casi no me han molestado, ni a mí ni a otra compañera, también locomotora de cuerda, que venía conmigo. Hemos viajado junto con unos cuantos vagoncitos de la época, con los que seguramente nos harán lucir en otra vitrina, en otro escaparate.

La vista desde una vitrina para un tren de miniatura.

Hasta ahora, mi vida ha sido un escaparate. Pero no un escaparate como los humanos creen… ¡Han sido ellos los que han estado en un escaparate y soy yo la que les ha estado observando todo este tiempo! He visto cómo han crecido los niños jugando a trenes (¡y a guerras!) y he visto cómo ha cambiado su forma de jugar y de fabricar juguetes. Ya de mayor, he visto cómo ha cambiado su forma de ocupar el tiempo libre, de desarrollar sus colecciones, sus “hobbies” y sus negocios asociados. Les he visto incorporar tecnologías y les he visto hacerse esclavos de sus nuevas tecnologías, de comprar y de vender. ¡Y todo ello para luego morirse y dejarlo todo aquí…!

También he visto cómo han cambiado los trenes de verdad. Mis primeros viajes, desde la fábrica o de una casa a otra, siempre se hacían en tren. Ahora, hace ya muchísimos años que solo me trasladan en avión, en barco o en coches y camiones… Y mis parientes, los trenes miniatura de hoy (me resisto a llamarles “hermanos”, con tanta estandarización y tantas condiciones comerciales), reproducen modelos de algo que no se parece en nada a nuestros trenes de entonces.

“Hasta ahora, mi vida ha sido un escaparate. Pero no un escaparate como los humanos creen… ¡Han sido ellos los que han estado en un escaparate y soy yo la que les ha estado observando todo este tiempo!”.

Vamos a ver qué tal es mi nuevo dueño. Creo que es un español que les tiene mucho cariño a todos los trenes y que tiene una colección muy bonita de colegas mías, algo que según parece, no es muy frecuente en España… Por fin, después de casi un siglo, mi dueño es alguien a quien le gustan de verdad los trenes. ¡Todos los trenes! Si es así, me tratará bien y seguiré viva, seguramente viendo pasar los años desde una vitrina. A ver por cuánto tiempo.

¿Y luego? Espero que mi nuevo dueño viva muchos años y me pueda mantener, porque cuando él nos deje, ¡quién sabe a dónde iremos todas! ¿Nos iremos a otra parte, a otra casa o a otra colección, todas juntas, o nos volverán a desperdigar, cada una por su lado?

En cualquier caso, espero que mis colegas y yo sigamos vivas muchos años y veamos muchas generaciones más de humanos, para poder enseñarles a esos humanos del futuro que las cosas que se hacen con ilusión y cariño prevalecen más, mucho más que ellos mismos y sirven para transmitir la ilusión y el cariño con el que nos han fabricado y  con el que hemos ido pasando de mano en mano.

“Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed viejos vinos, tened viejos amigos…”

Alfonso X el Sabio

Texto y fotografías: Iñaki Barrón de Angoiti es Ingeniero ferroviario, coleccionista de trenes antiguos y nuevo propietario de 60-99.

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Hay 2 comentarios de para este artículo
  1. MRN at 0:07

    Claro que esta vez serás tratada con mucho mimo y cariño, 60-99!!!
    No tengo ninguna duda, sabiendo del entusiasmo que tiene por los trenes ” tu nuevo dueño”.
    Fantástico relato, Iñaki.

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