“Yo no quiero realismo, quiero magia”

Blanche Dubois, protagonista de “Un tranvía llamado deseo”, de Tennessee Williams

 

Siempre me han gustado los tranvías. No sé si porque eran como los trenes (bueno, trenes, trenes, lo que se dice trenes, no sé yo si se les puede llamar…) que pasaban por delante de mi casa cuando era niño y que tomábamos bastante a menudo para ir al centro de la ciudad, o bien porque simplemente eran bonitos y entrañables. Y por lo visto, también eran útiles.

Hacían un poco de ruido, eso sí, se meneaban un poco, pero eran muy bonitos y, al contrario que los trenes “de verdad” los tranvías estaban hechos mucho más a “escala humana”. Además, cuando viajabas en ellos (y no estaban abarrotados), podías ir justo al lado del conductor y ver cómo manipulaba sus mandos, que hacían unos ruidos mecánicos muy característicos, haciendo sonar de vez en cuando un timbre que se accionaba con un pedal. ¡Qué envidia! ¡Quién pudiera! Algún día…

Y sobre todo, cuando viajábamos montados en uno de aquellos “cacharros” (¡algunos desalmados les llamaban así…!), junto al conductor, se podía sentir una especie de placer indescriptible, viendo desfilar las calles, las vías, las curvas, los cruces, los adoquinados del suelo, todo lo que había en la calle, que se iba aproximando desde lejos y se iba introduciendo suavemente por debajo de nosotros…

Para los que hemos nacido y crecido con los tranvías pasando por delante de la puerta de casa, el tranvía era como un miembro más de nuestra familia e incluso, quienes dormían en las habitaciones exteriores, cuando íbamos de vacaciones se despertaban sobre las 6 de la mañana, echando en falta el paso del primer tranvía del día…

Tranvía Zaragoza

Tranvía de Zaragoza de mediados de los años 60. Fotografía de G. Massino, ingeniero de Fiat.

Debo reconocer que, seducido por los tranvías que pasaban por delante de mi casa, cuando oí por primera vez hablar de “Un tranvía llamado deseo”, me imaginaba otra cosa totalmente distinta… Bueno, en la obra de teatro de Tennessee Williams, el tranvía tiene un papel protagonista, no tanto porque aparezca como actor principal, sino más bien porque le sirvió de inspiración y metáfora al autor, para darle forma a toda una catarata de sentimientos, pasiones y situaciones de la vida corriente de las personas.

Los tranvías de nuestra juventud fueron desapareciendo junto con nuestra juventud y a mediados de los años 1970 ya no quedaba ninguno en España, en servicio regular de transporte urbano (solamente quedaron dos, uno en Barcelona y otro en Mallorca, pero como servicios turísticos). Años más tarde reaparecieron los tranvías en una España ya modernizada, por lo que también los tranvías que volvieron a nuestras calles, volvían “modernizados”. Ya no eran aquellos “cacharros” (ahora sí, dicho con cariño) que se mezclaban con los pocos coches y peatones de las ciudades de antes, pero bueno, a fin de cuentas eran tranvías. También comprobamos que nuestra juventud tampoco se había ido del todo…

“Debo reconocer que, seducido por los tranvías que pasaban por delante de mi casa, cuando oí por primera vez hablar de “Un tranvía llamado deseo”, me imaginaba otra cosa totalmente distinta… “

Toda esa pasión por lo que se mueve sobre carriles por delante de tu casa, me llevó de mayor a coleccionar tranvías a escala. De diferentes escalas, tamaños, materiales y consistencias, empecé a juntar, primero en una caja, luego en una vitrina para poder verlos mejor, distintos modelos procedentes de Portugal, de Hong Kong, de los mal llamados “Países del Este”, de Japón, de Estados Unidos (incluidos los de San Francisco, tan característicos), de Reino Unido, Alemania, Austria…

Allí estaban conviviendo todos ellos, la mar de tranquilos y pacíficos, como si de las Naciones Unidas del Tranvía se tratara.

Tranvías a escala. Un relato de Iñaki Barrón de Angoiti.

Una noche, al llegar a casa y “saludar” a mis amigos inmateriales, me di cuenta de que uno de ellos, un portugués, se había movido. ¡Cielos, alguien me ha tocado mi colección de tranvías! Le tengo dicho a todo el mundo que no me gusta que nadie me toque mis tranvías. Una vez, con la mejor intención, intentando limpiar el polvo, le rompieron el trole a uno de ellos. Pero aunque no se rompa nada, me gusta que mis tranvías estén cada cual donde tiene que estar, exactamente, como si se tratara de un desfile. Ya limpiaré yo el polvo cuando sea necesario (poco, porque la vitrina en cuestión cierra bastante bien) ¿Quién ha podido ser?

Todo el mundo juraba y perjuraba que no había tocado la vitrina de tranvías. Pero el tranvía se había movido. Muy poco, eso sí, pero se había movido. Bueno, no íbamos a hacer un drama. Después de advertir seriamente a todo el mundo, lo volví a colocar en su sitio junto con sus demás compañeros-tranvías y correríamos un tupido velo. Pero al cabo de una semana, el tranvía rojo de Lisboa ¡se volvió a mover! Ahora sí que me tenía que enfadar. Después de haber “leído la cartilla tranviaria” a toda la familia, alguien había vuelto a mover mi tranvía. Nuevamente, todo el mundo juraba y perjuraba que nadie había tocado los tranvías. De nuevo, tampoco se trataba de una cuestión de Estado, pero ya estaba bien de fastidiar, quienquiera que fuese.

“Una noche, al llegar a casa y “saludar” a mis amigos inmateriales, me di cuenta de que uno de ellos, un portugués, se había movido. ¡Cielos, alguien me ha tocado mi colección de tranvías! Le tengo dicho a todo el mundo que no me gusta que nadie me toque mis tranvías.”

Vuelta a lo mismo. Nueva leída de cartilla, nuevos aspavientos, nueva recolocación en su sitio del tranvía afectado y esta vez, nuevas precauciones. Cerré la vitrina con llave y empecé a observar más atentamente. Y a los pocos días, ¡el tranvía se volvió a mover!

Ahora empezaban a entrar en juego otros factores y otros actores, incluyendo fantasmas, extraterrestres, agentes infiltrados… Cambié mi estrategia, reconocí que nadie de casa había sido y pedí la “colaboración ciudadana” entre los miembros de la familia, e incluso con otros amigos que tienen vitrinas de tranvías.

Coleccionismo tranvías a escala. Iñaki Barrón de Angoiti.Y la respuesta me vino de un amigo portugués (que por cierto se casó con una chica japonesa, también amante de los tranvías, lo que dio lugar a un chiste fácil: cuando una pareja de portugués y japonesa tengan un bebé niña, tendrán una “portugueisha”).

– Retira el tranvía de detrás, me dijo. Es el que te distorsiona todo.

– Un poco sorprendido ya me dejas, pero te haré caso.

Había sido muy sagaz mi amigo. El tranvía de detrás era un pequeño modelo a escala de otro tranvía portugués, hecho de pasta de resina, que se había pensado, no para lucir como maqueta, sino como adorno-sujeta notas, con su correspondiente imán, tal vez para adherir a la puerta de una nevera, un armario de cocina u otro electrodoméstico.

Y era justamente el imán de ese tranvía el que movía a los demás tranvías, en particular al que tenía justo delante en mi desfile particular, desplazándolo poco a poco al atraer sus partes metálicas.

Aclarado el incidente, volví a cambiar la situación de mis tranvías en la vitrina y coloqué al “travieso tranvía magnético” en un lugar separado de los demás, pero preferente. Separado, para que no siga moviendo a sus compañeros y preferente, para que desde su posición especial, nos siga recordando a todos lo que nos llegan a atraer y a “enganchar” los tranvías.

Texto y fotografías: Iñaki Barrón de Angoiti

PS: Los tranvías nos magnetizan y nos “enganchan” a todos los coleccionistas y “forofos” de los trenes y tranvías, pero los tranvías de verdad también magnetizan y “enganchan” a todos. Sin que se les deba considerar como la panacea del transporte urbano (que no lo son, ni mucho menos), si se les pone a trabajar en las condiciones que les son idóneas, son sumamente eficaces para conseguir una movilidad sostenible en nuestras áreas urbanas y por lo tanto, para contribuir al bienestar de nuestra Sociedad del futuro.

Disfruta de la lectura en el Blog de Renfe de otras curiosidades y relatos firmados por Iñaki Barrón de Angoiti, Ingeniero y Ferroviario.